Y el otoño vendrá

Por Errol Hughes* de Treorcky

El clima empieza a cambiar. No hay tanta madrugada, los atardeceres llegan más temprano, el calor no aprieta tanto, el frío no es tan frío y… sí, el cielo es más azul.

La calle empieza a cambiar. No hay tanto regante yendo hasta el canal para largar o cortar el agua, andan los carros enganchados al tractor con la carga que se cosechó en el potrero llevándola al galpón o al camión y anda el camión sacando la parición de la tierra y… sí, andan también los pibes y pibas de los chacareros camino al aula, algunos temprano, otros a mediodía, con guardapolvo o ya sin él caminando al encuentro del colectivo o en la chata en persistente rutina.

Todos síntomas de un advenimiento notorio, necesario en el ciclo nuestras vidas: el del otoño. La placidez de sus días, la calma de su temperamento nos permite cosechar de lo que sembramos, trabajando sin la preocupación que nos interrumpa el fuerte calor o la fiera helada; nos deja saborear el dulzor de la fruta que maduró sin apuro ni pausa, al cobijo de nuestros cuidados y de natura clemente; nos otorga el placer de sentir el olor inconfundible de la tierra húmeda, cuando abrimos el surco para sacar las papas que crecieron a la par de nuestra esperanza de obtener un generoso premio por el duro trabajo y la inversión hecha. Nos tienta a sopesar el resultado de la labor que nos impusimos el día inicial cuando abrimos el primer surco, confiados de conseguir una ecuación con números positivos,

El otoño nos muestra las hojas amarillas en los árboles y las plantas ya muertas sobre la tierra pero lo hace contrastándolas con el cielo limpio y el sol brillante, con el fruto maduro y los tubérculos rozagantes; anuncio de dos actos futuros, de dos acontecimientos programados, inevitables: el fin de la vida y el inicio de la vida, reciclo del reciclo del ciclo perenne existente desde el génesis.

Y aquí otra vez la tozudez del más amante de la naturaleza, el que agrieta sus manos y castiga su cintura por asociarse a ella, el que decidió soportar sus enojos y sus días malos a cambio de ser el que pueda cuidar su terrosa piel y ser el progenitor de la prole de su fertilidad: el chacarero. Con la fruta del fruto, la semilla, volverá al acto semental que lo llevará a esperar ilusionado, confiado, paciente, la estación de los contrastes. Volverá a esperar al otoño.

Y éste vendrá, seguro.

*Errol Kenneth Hughes es vecino nativo de Treorcky-Gaiman, productor rural, recitador en los Eisteddfodau, escritor aficionado e integrante del Coro Masculino Las Huellas, ex Coro San David.

Blanca Juliana Mangini

Redacción

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