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Gaiman

La historia de Glade de la rotonda de “La Mascota”

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Reineria Glade Varea nació el 20 de junio de 1937 en la provincia de Neuquén. En una zona de montañas al noroeste donde corren arroyos que forman pequeños valles. En Andacollo “el pueblito de las rosas”. En ese lugar dio sus primeros pasos apreciando la magnitud y la belleza de la Cordillera del Viento.

Los abuelos maternos de Glade viajaron de España a Argentina escondidos en la bodega de un barco. Era en época de guerra. Estuvieron 6 meses bajo el agua. Tal vez eran políticos. En ese tiempo no se hablaba. Era todo tabú. La abuela María Magdalena Fuentes contó que en ese viaje les daban por día un litro de agua y el abuelo José María Muñoz se debilitó. Al poco tiempo de arribar al país, falleció.

Hoy Glade con su mantón de manila de su abuela María Magdalena Fuentes

El padre de Glade era Luis Alberto Varea. También había nacido en España, y en Argentina compró un “barquito” para transportar víveres a Chile. Aprovechaba las lagunas en ambas laderas y los afluentes del Río Curi Leivu. De regreso traía yerbas medicinales. Hacía una especie de “trueque”. El día que desapareció hubo 3 días de duelo en casa de la abuela. Estaba Glade junto a sus hermanas Graciela, Rubit y Casimira. Su madre Eufemia nunca les dijo qué había pasado con su padre. Tampoco ellas se animaron a preguntar.

En ese entonces la localidad de Andacollo, ubicada en el departamento Minas, era un área minera y un lugar donde Eufemia, recién recibida de partera, vivió sus primeras experiencias en la profesión. Pero la explotación de petróleo trajo nuevas posibilidades y la familia se mudó a Plaza Huincul ubicada en el departamento Confluencia. Esta ciudad que junto a Cutral Có forman el segundo aglomerado de la provincia, surgió por el descubrimiento del mineral en la zona.

El trabajo en el hospital público a la madre de Glade le demandaba todo el día siendo que también debía cumplir la tarea de enfermera. Además había reconstruido su vida con un nuevo matrimonio y 4 hijos más.

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Glade con su madre y algunos de sus hermanos.

Mientras que María Magdalena siempre estaba presente. Era una mujer fina, de clase, y solía usar su mantón de manila. Además cantaba al ritmo de las castañas y zapateaba. Tanta influencia tenía que decidió internar en la escuela de monjas a Glade de 5 años y a Graciela de 15. Eufemia no se opuso. Ese día las hermanas no pararon de llorar.

El internado

Durante el viaje en coche a caballo al internado de la escuela de monjas le dijo María Magdalena a Glade: “Mira niña. Tu madre te quiere. Tu abuela te adora. Pero no podés estar solita vos y tu hermana. Tu mamá tiene que trabajar. Además ustedes tienen que formarse y ser unas niñas educadas para que tengan un mejor pasar”.

Los siguientes 7 años el día para Glade y su hermana iniciaba rezando. Las clases más importantes del programa escolar eran Moral y Religión. Mientras que Bordado y Cocina eran obligatorias como Lengua y Matemáticas. En ese lugar además experimentaban el recato, la austeridad y la prohibición absoluta de todo lo relacionado con el sexo. Era tal la exigencia que la pequeña solía orinarse en la cama del internado. Tenía mucho miedo. El castigo era un baño de agua fría.

Una vez al año les suministraban un suplemento nutricional. Era una cucharada de aceite de hígado de bacalao. “Abra la boca mi amor. Se que está feo. Esto es horrible. Pero así van a criarse sanas y fuertes” decía la madre superiora y se quedaba parada alado hasta que las alumnas tragaban el líquido crudo. Esto se repetía cada mes de abril. Aun así Glade se enfermó. Tenía 7 años. Las monjas no la dejaban levantarse de la cama. Le daban huevo batido y oporto.

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“Las monjas eran terribles, pero, a su vez, ahora de grande pienso que las mujeres que han salido de ahí son unas damas con todo lo de la ley”.

Mientras todo esto sucedía los la época más esperada era la de Semana Santa. Llegaba María Magdalena en su carro a caballos a retirar a Glade para ir unos días a la chacra. Para la pequeña era el momento más feliz del año. El tío Deli y su mujer se hacían cargo de Graciela.

La chacra

La chacra estaba ubicada en Cinco Saltos. El establecimiento era muy conocida en el alto valle de Río Negro por sus embutidos caseros al estilo español. Además tenía bodega de vinos. A las 15.30 horas Glade le pedía a su abuela tocar la campana. Lo hacía tres veces. Estaba lista la malta con leche para todos los peones.

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En el lugar plantaban ajos que luego se machacaban y se utilizaban para adobar los jamones. La pequeña lo hacía junto a su mejor amigo Maximiliano. “Haciendo y deshaciendo la niña va aprendiendo” era la frase que María Magdalena le repetía todo el tiempo a su nieta. Pero a Glade le encantaba jugar, y sabía que en pocos días tenía que volver a la escuela de monjas. Un día se le ocurrió plantar los ajos al revés. Luego de un tiempo una parte de la producción no nació y la abuela nunca entendió el por qué.

La casa era blanca y de pisos de madera que brillaban siendo que los enceraban combinando parafina de abejas con otros productos. En la cocina María Magdalena tenía pavas donde hacía la cascarilla. En horas de la tarde disponía los recipientes sobre la estufa a leña y se acostaba a dormir la siesta. En ese preciso instante los chicos aprovechaban para trepar los árboles y sacar sólo el mejor durazno. También elegían la uva más grande del viñedo. La abuela nunca pudo descubrir que “bicho” generaba tales desmanes. 

La casa además tenía un gran sótano donde se conservaban las pancetas saladas y ahumadas, los jamones crudos y cocidos y también los chorizos y los huevos. Todo era casero al estilo español.

Un día a Glade y Maxi se les ocurrió comer un jamón y apenas la abuela se recostó para descansar, fueron al sótano. Buscaron el embutido más pequeño y lo arrastraron hasta el otro lado de la chacra. El cuero era muy duro. Tras reiterados intentos apenas lograron sacar un “trocito”. En ese instante la niña dijo en voz alta: “Dios nos va a castigar” y mientras ocultaba el jamón tras una parva de pasto se puso a rezar un “montón” de padres nuestros. Al regresar a la casa por las tardes, y tras cometer varias travesuras, los chicos se refrescaban tomando té de menta.

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Al tiempo mirando los datos en su libreta la abuela descubrió el faltante de un embutido, y les pregunta a los chicos. Ahí recordaron la travesura y volvieron a la parva. La levantaron y estaba todo lleno de hormigas. Habían quedado solo los “huesitos”. Nunca más María Magdalena supo que había pasado con su jamón.

“La quiero. La amo. Todo. Todo es la abuela para mi. Me enseñó lo bueno y no lo malo, si no, lo que tenía que hacer”.

La Mascota

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Durante sus vacaciones en Cinco Saltos la pequeña Glade iba a hacer las compras. La abuela le anotaba el pedido en un papel y la mandaba a unas siete cuadras de la casa. Tenía prohibido doblar en cualquier otra calle. El camino era “derechito”. Aun así la niña aprovechaba para hacer los mandados de los vecinos y obtener una “yapa”. Todos le daban el dinero en un paquetito que ataban con una tirita. A veces solía llevar hasta 7 pedidos.

Al llegar Glade al comercio que se llamaba “La Mascota”, los dueños, unos “viejitos” muy simpáticos, la abrazaban y le daban besos y luego le preparaban las cosas. Mientras, la pequeña aprovechaba unos minutos para jugar a la rayuela o saltar en la soga con unas nenas que siempre estaban en la vereda del frente. Una vez preparado el pedido los “viejitos” la llamaban y junto a las bolsas le entregaban un puñado de caramelos de “yapa”.

Un verano al llegar a la casa de su abuela salió para hacer las compras. Tenía sus clientes y los mandados qué debía cumplir. Pero al llegar a “La Mascota” se encontró con el local cerrado, y sin ningún cartel o nota. Así que decidió ir a lo del “Turco”. Para llegar debía recorrer dos cuadras más, y doblar por un lugar que pasaba el tren. Al llegar el comerciante le preparó el pedido y la espera, esta vez, fue sentada, porque en ese lugar no había nenas saltando en la soga. Al momento de retirar las bolsas la pequeña impaciente le comentó acerca de la “yapa” que le entregaban los “viejitos”. Tanta fue la insistencia sobre la “yapa” que de mala gana el “Turco” le terminó dando dos caramelos. La niña de tan solo 7 años no tuvo problemas de retrucarle en la cara al comerciante que por esa actitud no iba a comprarle más.

Al volver a la casa, y luego de entregar los mandados a los vecinos, Glade le contó lo sucedido a María Magdalena y le prometió que cuando sea grande iba a tener un negocio y lo iba a llamar “La Mascota” en honor al cariño y la amistad que sentía por los “viejitos” del comercio de Río Negro.

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Los ojales

La vuelta a Plaza Huincul, y con la nueva familia que tenia si madre Eufemia, no fue fácil para Glade. Había terminado la primaria en la escuela de monjas con 12 años,y no había muchas opciones. Pero había una vecina llamada doña María que había venido de Italia junto a “un montón” de hijos y tenía una reconocida sastrería. La excusa de la niña era “ayudar” en la limpieza del patio o pelar las cebollas de su vecina para observar cómo confeccionaba ojales. Luego practicaba de noche.

En ese entonces en “Casa Astor” en Cutral Có necesitaban una empleada. La persona que se lo comentó a la niña, además, le aclaró que algunas de las condiciones era saber hacer ojales y picar solapas. Ese mismo día la Gladis caminó alrededor de 2 kilómetros hasta el local. Llegó a primera hora. Una señora en la recepción le preguntó qué buscaba. Ella sin titubear respondió “trabajo”. Todos en la sastrería quedaron en silencio, y se voltearon con la mirada en dirección a la niña. La señora, de buena manera, le explicó que necesitaban una ayudanta de sastre. Ella repitió que sabía hacer ojales y picar solapas. En ese instante sonó una campañilla y la invitaron a subir al segundo piso. En la sala de máquinas había mujeres muy elegantes y con tacos altos. La pequeña de cabellos largos y claros apenas se había desarrollado. Por primera vez tuvo miedo.

Los encargados de aprobar el trabajo de Glade, y de muy mal humor, fueron los hermanos Carmelo, Giussepe y Vicentico. Utilizando una tijera cortaron unas secciones. La niña, de piernas cruzadas, empezó a hacer ojales. Los dueños de la sastrería quedaron sorprendidos y exclamaron que su destreza para hacer ojales era mejor que la todos los presentes. Le dijeron que podía empezar a trabajar al día siguiente.

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La audaz Glade volvió saltando los dos kilómetros de distancia hasta su casa. Eufemia recién había llegado del hospital y la niña anunció la novedad. “Mamá conseguí trabajo” exclamó. Al día siguiente llegó a “Casa Astor” acompañada por su madre. La noticia era verdad.

El día que cobró su primer sueldo la niña se lo había gastado en ropa en el local de “la francesa”. Al llegar a su casa, su madre se enojó por no pedirle autorización. Tanto se enfado qué fue a devolver la ropa y acusó a La francesa de sinvergüenza al considerar a su hija una criatura y no preguntar de dónde había sacado la plata.

“A la madre y a la abuela nunca se les decía che”

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Nació Glade

Glade tenía mala relación con los nuevos integrantes de su familia. “Si ustedes no me quieren, yo tampoco los quiero a ustedes” le decía al padrastro y a sus pequeños hermanos. Además sentía el maltrato verbal hacia su madre que lo único que hacía era trabajar. Ella tenía tan solo 12 años, y no era feliz.

Un año después, y aprovechando el contacto de dos enfermeras que junto a sus maridos se habían trasladado a Comodoro Rivadavia, le pidió permiso a su madre para viajar al sur de la Patagonia. Eufemia, sin estar muy de acuerdo, accedió al pedido, y Glade apenas tenía 15 años cuando llegó a Chubut.

Luego de unos meses, y mientras trabajaba en una sastrería, recibió una carta de Ramón Lillo. Era un vecino de Cutral Có con quien tiempo después se casó en Comodoro Rivadavia. Él tenía 28 y ella 16 años. Al año nació Roberto.

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Glade y Roberto

Durante un tiempo la joven trabajó de cajera y Ramón de contador en La Anónima, y sucedió algo muy doloroso. A los dos meses su marido falleció en un accidente automovilístico. En ese momento Silvia tenía apenas 9 meses.

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“Déjeme crecer. La voy a pelear a la vida. No se si voy a ganar o voy a perder. Pero voy a salir adelante sola. Además más vale una soledad de a uno que una soledad de a dos”.

Para salir adelante Glade trabajó muchas horas. Además tenía que pagar las deudas que había dejado Ramón por lo que un solo sueldo no le alcanzaba. Entonces buscó otro trabajo. Una compañera la contactó con un hermano que había ingresado de gerente en una fábrica. En ese lugar le pagaban el doble que en La Anónima. Entraba a las 6 y salía a las 22 horas. Por primera vez la joven aprendía a administrar su dinero.

También trabajó para un señor amigo que le pidió que confeccione vestidos dándole la posibilidad de venderlos. Pero como trabajaba tantas horas, solía tomar una pastilla que le permitía estar despierta toda la noche. Una vez en casa, y estando sus hijos durmiendo, Glade se disponía a cortar los moldes y coser. Los vestidos le salían hermosos. Llegó a confeccionar 20 modelos en una semana.

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“En la noche confeccionaba vestidos. Esa Plata era para comer. La horas extras de la fábrica para hacer la casa. Era todo matemático. Había veces que no comía para qué a sus hijos no les falte”.

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“La Mascota”

Pasaron los años y Glade pudo tener su casa propia y armar su quiosquito. Luego de un tiempo se convirtió en un pequeño mercado. En las noches elaboraba los biscochuelos que luego vendía a los trabajadores del petróleo. Les daba una porción junto una taza de café. “Vendía cualquier cantidad”. Hasta que en la década de 1970 el emprendimiento terminó siendo un autoservicio. En el mismo local había zapatería, librería, relojería y perfumería. Los proveedores llegaban de todos lados. También de Gaiman.

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Pero la comerciante estaba cansada de los robos. En una oportunidad le dieron tal golpiza qué terminó dos meses en cama. Le quisieron robar su Ranchera. Ella se negó a entregar la llave. Luego del hecho Eufemia le recomendó que haga pareja. “Hija no estés sola” le dijo. En ese entonces Roberto estudiaba para visitador médico y Silvia para mecánica dental.

Liria (izq.) y Paula (Der.) con sus hijos.

Hasta que un día conoció a un transportista de nombre Mardi. Era viudo y tenía dos hijas. Fue en el casamiento de “Pajillita” en Gaiman. Aunque en un principio fueron amigos, el enlace de Glade y Mardi tuvo lugar el 14 de noviembre. Al mes ella descubrió la adición al alcohol de su marido, y en 1974 se mudó al Valle Inferior donde instala el recordado mercado “La Mascota”. Luego de un tiempo nació Paula quien es una reconocida médica, y adoptaron a Liria quien se desempeña en el hospital rural John Evans. 

Hoy Glade disfruta de su hermoso jardín en frente a la rotonda de “La Mascota”, y de sus nietos Clara, Malena y Ricardo.

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1 Comment

1 Comment

  1. denis roberts

    14 enero, 2022 at 16:49

    imposible de olvidar a esta respetuosa dama……nunca olvidare el asalto que sufrio camino a su casa en la chacra…..

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