Yeye el piloto de autos que ubicó a Gaiman en lo más alto del podio

Yeye Thomas nació en un entorno donde el automovilismo era más que una pasión: era una forma de vida. Desde su infancia, Yeye estuvo inmerso en el taller de su padre Óscar “Nene” Thomas, rodeado de motores y el constante ruido de autos de carrera. Pilotos como Rubén Calle y Raúl Ercoreca eran habitúe. Este ambiente lo moldeó y le inculcó un amor profundo por las competencias automovilísticas.

Desde que comenzó su educación y hasta llegar al secundario, Yeye mostró una falta de interés en los estudios académicos. “Arranqué el Colegio Camwy y no me llevé ninguna materia, así que capacidad tenía” aseguró. Pero la situación lo llevó a “relajarse” y repetir en segundo año. “Así que me llevaban a la chacra a tomar el té con las tías, y por medio algunos panqueques con dulce de leche, me convencieron de volver”. Sin embargo, en tercer año decidió que ya no quería estudiar más. Sus padres, preocupados por su futuro, intentaron persuadirlo para que continuara, insistiendo en la importancia de la educación. Yeye se enfrentó a la dura realidad: debía elegir entre trabajar o estudiar. Optó por el trabajo, dedicándose al taller familiar.

Yeye recordó con nostalgia una historia junto a el pelado Laureiro. «Era un loco que aceleraba para abajo. No le gustaba soltar. Venía la curva y doblaba a fondo. Y ahí es cuando volcaba», describió entre risas Yeye, y relató un episodio muy divertido: “un día de verano, cuando tenía 6 años, Laureiro me llevó de compañero para arreglar la camioneta de un galenso”. Pero el Fiat 600 bordó de Laureiro hizo que la aventura se tornara emocionante. “Así que caño de escape libre, el vidrio abierto y manito arriba del techo, salimos”. Pero el final de la historia dejó a ambos con una anécdota que contar. Un vuelco “con suerte” y el retorno al taller de su padre como las 6 de la tarde “y todos rajuñados”.

A los 8 años, el pequeño y futuro piloto tuvo su primer contacto real con el mundo del automovilismo al subirse a un karting en una pista de tierra. Este fue un momento decisivo en su vida; su padre lo alentó, y la emoción de estar al volante lo llenó de felicidad. «Me encantaba estar ahí arriba. No veía la hora de que él me decía vamos», recordó. Fue a los 14 años cuando finalmente debutó en una pista, y a partir de entonces, su carrera despegó.

Durante la década de 1980, compitió en el Club Hípico de Gaiman, donde se subió a un Fiat 600. Su carrera continuó en varias categorías, incluyendo la 128 y Turismo Carretera, siempre con el apoyo y la preparación de su padre. En 1987, su tío Alberto Thomas le alquiló una Nissan 300, lo que le permitió competir en una categoría nacional por primera vez. Este, además, fue un hito en su carrera, siendo que su primera carrera en el Autódromo Mar y Valle terminó con un notable cuarto lugar. Posteriormente, Yeye logró subirse al primer lugar del podio en Comodoro Rivadavia y en Las Flores, en la provincia de Buenos Aires.

En una de esas carreras, mientras disputaba el primer lugar con Francisco Paco Mayorga, el piloto de Gaiman que competía con los mejores del país, tuvo una divertida anécdota. Tras la carrera, Paco le preguntó por qué le hacía señas con las manos durante el recorrido. “Lo llevé hasta el auto y le mostré que se me había caído el espejo. Entonces le expliqué me lo ponía entre las piernas, y cuando llegaba al fondo de la recta, agarraba el espejo, lo miraba y lo volvía a poner entre las piernas” recordó.

Una de las experiencias más memorables de Yeye fue cuando decidió armar un motor completo con los ojos vendados. Su vecino, el periodista Emanuel Pascual, se enteró de su desafío y decidió llevar cámaras de un canal local para documentarlo. “Pero antes de decirle que si, lo pensé. Me acosté y empecé a armarlo. Lo armé mentalmente y dije creo que se puede. Así que cuando me quise dar cuenta, ese miércoles se empezó a llenar el taller” recordó el piloto sobre la hazaña que comenzó pasadas las 15 horas y con unas antiparras negras de por medio. «Para mí fue un espectáculo. En 3 horas y 8 minutos logré armarlo», afirmó, orgulloso de su logro.

Con el paso del tiempo, Yeye vio cómo la pasión por el automovilismo se transmitía a su familia. Su sobrino, Bruno Pugh, y su hijo, Felipe, comenzaron a seguir sus pasos en el mundo del automovilismo. Y bueno, hay que dejar lugar a los que vienen. Así que ahora me toca armar los motores y los autos para que ellos los manejen», resaltó. Y a pesar de las dificultades económicas y el esfuerzo que implica el automovilismo, el famoso piloto que ubicó a Gaiman en lo más alto del podio del automovilismo local y nacional, hoy continúa sintiendo que no puede alejarse de esta pasión. «Si en el taller no hay un auto de carrera, nos morimos».

Pero Yeye Thomas no solo es un piloto, sino un testimonio viviente de la dedicación y el amor por el automovilismo. En el Día del Piloto de Automovilismo, su historia es un recordatorio de que, a pesar de los obstáculos, la pasión puede llevar a uno a alcanzar sus sueños y dejar un legado en el camino.

Las declaraciones pertenecen al programa “Pertenencia”, con la conducción de Coca Rodríguez, realizado el dia 30 de junio de 2015.

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