¿Para qué?
Por Errol Hughes* de Treorcky
En nuestro multicultural valle, en la segunda mitad del siglo pasado, un “galenso” (al que llamaremos MORGAN) fue a visitar a su vecino “gallego” (al que llamaremos JUAN). Debo decir acá que el visitante era, como buen galenso, tambero y el visitado, como buen gallego, quintero.
La tendencia a la autosuficiencia hizo que Juan tuviera una vaca lechera para abastecer a su hogar con el básico elemento proteico. Volviendo a la anécdota, cuando llegó Morgan, Juan terminaba de ordeñar su vaca y volvía a la casa con dos baldes con leche (una cantidad normal para un ordeño), Morgan vio la oportunidad de jactarse de las cualidades y producción de sus vacas y preguntó: ¿Te da mucha leche la vaquita? La respuesta: Hombre, es el segundo viaje que hago con los baldes. Morgan no pudo agregar comentario.
Esta anécdota muestra la chispa de todo el mundo por poco o mucho que haya estudiado y muestra otra cosa: aunque Juan producía principalmente hortalizas y tuviera un vecino tambero tenía su vaca para proveerse de un producto que nadie aseguraba siempre pudiera comprar, por las razones que sean. En una suerte de reflejo inverso, Morgan cultivaba sus propias verduras y frutas por las mismas razones que Juan tenía vaca: nadie aseguraba que siempre se pudiera conseguir todo fuera del perímetro de su chacra ya sea porque no se había reunido el dinero para comprar, porque el trabajo de cada uno a veces no daba tiempo a salir o porque llovía o porque el productor estaba enfermo y no podía atender la necesidad ajena.
Esto me vino a la memoria viendo lo sucedido durante el transcurso de la llamada cuarentena motivada por la pandemia. Al margen de que haya aumentado la demanda de algunas cosas y eso produzca cierta escasez entendible, ¿es entendible la casi total carencia de los famosos barbijos? Un elemento de 15 cm por lado que casi no mueve la aguja de una balanza y se hace con tela, no con metales raros ni aleaciones que requieran el aporte de minerales criptónimos. Llegamos al extremo de fomentar el uso de aparatos similares hechos casi con cualquier trapo y parecen que también sirven.
Es probable que por su bajo costo a poca gente le entusiasme hacerlos y sea más conveniente comprarlos en algún lugar del mundo donde la producción de unas cuantas cosas sea más barata. Claro, esta situación la provoca las políticas de los administradores del Estado que obedeciendo a vaya a saber qué intereses nos llevan, haciendo acuerdos que condenan siempre a algún sector productivo, por caminos más dificultosos de los que merecemos tomar, y nos hacen preguntarnos ¿para qué? Sin duda, a muchos de nuestros gobernantes el pino que está adelante no les permite ver el bosque y viceversa, maravillados con el bosque no distinguen las especies que lo componen. Pasamos de tener ideas de total (casi) aislamiento de tecnologías nuevas a tener carencia también casi total del aporte de nuestros productores a nuestra vida. ¿Tan difícil es entender la filosofía de los viejos habitantes de este suelo? Mediante la cual lograron un progreso modesto quizá, pero bien cimentado dado que a pesar de haber tenido avatares de distinto tipo no sucumbieron ante ellos. ¿Tan difícil es entender que aunque haya necesidad de vender algo no es conveniente que nos lo paguen casi con cualquier cosa? Importar esas cosas que son tentadoramente baratas y comprables nos traerá a la larga la incapacidad de hacerlas y por ello, ante cualquier desajuste de este “ajustado” sistema, tendremos desabastecimiento de algo a lo mejor imprescindible.
En todo el mundo se usa la táctica del susidio, hasta en los lugares más defensores del trabajo y del premio al esfuerzo individual. Administrar este recurso de manera productiva no debe ser, para mentes hábiles y capaces de ganar elecciones, nada imposible ni difícil. Los tres tiempos de los verbos “pensar” y “trabajar” son los que hay que usar. Pensar en lo que trabajaron en el pasado los anteriores a nosotros, pensar en los trabajan y en los que lo hacen en el presente porque no pueden, no saben o no quieren y pensar en lo que trabajarán en el futuro los que tengan un para qué.
Cuando se tenga claro que el consuelo se puede convertir en premio se podrá usar el subsidio no para que alguien se quede en la casa sino para que salga de su casa y no piense en lo “vivo” que es sino en lo útil que es. Digo entonces que sería bueno destinar menos plata a consolar desocupados y destinar algo a premiar ocupados. Las formas de hacerlo llevarían a un largo coloquio, claro, pero no creo que haya dudas sobre el resultado. Será el día en que los “¿para qué?” tengan las respuestas que muevan impedimentos, que den sapiencia o incentiven entusiasmos.
*Errol Kenneth Hughes es vecino nativo de Treorcky-Gaiman, productor rural, recitador en los Eisteddfodau, escritor aficionado e integrante del Coro Masculino Las Huellas, ex Coro San David.





