Solidaridad
La historia de cómo un pueblo se movilizó para recuperar el juguete de Oli

En Andacollo, Neuquén, los juguetes no se guardan. Se estacionan. Frente a la Plaza San Martín, durante más de un año, el camión gris de Oliver Bravo esperaba a su dueño todos los días. Oli subía, se ponía serio y jugaba a ser grande. Decía que cuando creciera iba a manejar la camioneta del Tata para llevarlo a Neuquén al médico. Todos en el pueblo le tocaban bocina. Todos le sacaban foto. Todos lo conocían.
El domingo 26 de julio, entre las 14 y las 16, dos personas se llevaron ese camión a plena luz del día. Las cámaras del Kiosco Amarillo y de Lo de Jorgin lo registraron todo: un Renault Fluence oscuro, dos tipos, el juguete que apenas entraba en el baúl y hasta una moto que dejaron abandonada en el apuro. La mamá, Camila Bravo, se dio cuenta el jueves. “Faltaba entre todos sus cochecitos que siempre deja en la vereda”, contó.
Lo que vino después es lo que nos interesa a los que vivimos en pueblos chicos. Andacollo entero se movió. Vecinos, comercios, grupos de WhatsApp, redes. La Comisaría 30 de Andacollo y la 24 de Chos Malal intervinieron. En pocos días las personas que se habían llevado el camión se contactaron con la familia y se comprometieron a devolverlo. “Oli ya está feliz y esperando”, escribió Camila sobre el pequeño de 5 años. Y agregó algo que debería quedar grabado: “Si el pueblo se mueve, todo es más rápido”.
No es solo una historia tierna de Neuquén. Es un espejo. Todavía hay vecinos que se conocen de nombre. Todavía existe esa capacidad de indignarse y actuar cuando le tocan algo que parece “chico” pero que para un nene es todo. Además, Andacollo nos recuerda que la solidaridad de los pueblos chicos no es folklore: es una red que todavía funciona cuando se activa.

























