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La nueva normalidad: cuando el extremo se vuelve centro
Hubo una época —no tan lejana— en la que un escándalo podía hacer caer un gobierno.
Una mentira comprobada, un caso de corrupción o una transgresión ética grave bastaban para quebrar la legitimidad del poder.
Algo se rompía: la confianza, el relato compartido, la autoridad.
Hoy eso ya no ocurre.
Los escándalos se suceden, los límites se cruzan de manera explícita y, sin embargo, no pasa nada.
O mejor dicho: el efecto es otro.
La pregunta ya no es por qué los políticos mienten más, sino por qué la mentira dejó de destruir legitimidad.
Cuando el escándalo ya no escandaliza
En estos días circuló masivamente un mensaje del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a raíz del asesinato del director Rob Reiner y su esposa, un hecho real y trágico que se encuentra bajo investigación judicial. En su publicación, Trump no se limitó a describir el crimen ni a expresar condolencias, sino que lo reinterpretó políticamente, atribuyéndolo a una supuesta “enfermedad mental” asociada a la oposición ideológica y utilizándolo como confirmación de una narrativa identitaria.
No hubo rectificación.
No hubo costo político.
No hubo ruptura.
El hecho no debilitó a Trump. Lo fortaleció ante su núcleo duro. Para muchos de sus seguidores, el mensaje no fue un exceso, sino una confirmación identitaria.
Ese episodio, lejos de ser una anomalía, resume la nueva normalidad política.
La desaparición del mundo común
Durante gran parte del siglo XX, la política funcionó sobre un supuesto básico: existía un mundo común. Un espacio compartido de hechos, valores mínimos y expectativas. Dentro de ese marco, el escándalo tenía poder porque rompía una narración colectiva.
Mostraba que quien gobernaba había traicionado algo que todos reconocían como límite.
Ese suelo compartido hoy está roto.
Vivimos en un ecosistema fragmentado, donde cada grupo habita su propia burbuja informativa, emocional y simbólica. Ya no hay una verdad compartida que pueda ser violada, porque no existe un “nosotros” suficientemente amplio para que la violación tenga consecuencias políticas reales.
El escándalo como combustible identitario
En este nuevo escenario, los extremos no gobiernan a pesar de los escándalos, sino gracias a ellos.
La transgresión dejó de ser una falla del sistema para convertirse en una señal de pertenencia.
El escándalo ya no invalida al líder: lo reafirma frente a los propios.
No importa si algo es verdadero o falso, legal o ilegal, ético o aberrante.
Lo decisivo es si confirma la identidad del grupo y refuerza la frontera entre “nosotros” y “ellos”.
Cuando el sentido común se fragmenta, el centro pierde poder. El centro necesita acuerdos, matices y mediaciones. Los extremos prosperan en el conflicto permanente, la simplificación y la polarización emocional.
La inteligencia artificial como arquitectura del sentido
La inteligencia artificial no actúa como un sujeto político consciente, pero sí como infraestructura del sentido.
Los sistemas algorítmicos priorizan el contenido que maximiza atención, reacción y permanencia. Y nada activa más que el conflicto, la indignación y la confirmación de creencias previas. La segmentación ya no es solo ideológica: es algorítmica.
Cada usuario recibe una versión distinta de la realidad, ajustada a su sensibilidad. La IA no busca consenso ni verdad: optimiza respuestas emocionales. Con el tiempo, no solo organiza la información, sino que entrena hábitos, lenguajes y criterios.
El resultado no es solo un mundo fragmentado, sino sujetos cada vez menos expuestos a la corrección.
Políticos dentro de sus propias burbujas
El fenómeno no afecta solo a los ciudadanos. Los propios dirigentes también viven dentro de cámaras de eco algorítmicas. Deciden en función de métricas, encuestas segmentadas y feedback digital que confirma sus posiciones previas.
El adversario deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser una abstracción hostil. La política se vuelve autorreferencial.
A esto se suma un vacío crítico: no existen controles transparentes sobre el uso político de estas tecnologías, ni mecanismos claros para auditar cómo se jerarquiza la información o se refuerzan determinadas emociones.
Cuando la transgresión deja de tener costo
El escándalo necesita memoria. Necesita tiempo para ser procesado, comparado y juzgado. Pero vivimos en un régimen de aceleración permanente, amplificado por sistemas inteligentes que reemplazan cada controversia por otra antes de que pueda producir consecuencias.
La política se vuelve irrecordable.
En este contexto, la transgresión ya no debilita al poder: lo fortalece. La indignación deja de ser un freno y pasa a formar parte del mecanismo.
Por eso los extremos comandan hoy el sentido común. No porque representen a la mayoría, sino porque dominan la arquitectura emocional y algorítmica del presente. La inteligencia artificial no los inventa, pero los estabiliza, los refuerza y los vuelve resistentes a la corrección.
Cuando el mundo común se desintegra, el escándalo deja de ser una amenaza.
Y se convierte en una herramienta de gobierno.
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