Gaiman
La historia de “nuestro” zapatero Julián

La historia de hoy, tiene mucho que ver con aquellos oficios que han ido despareciendo con el tiempo, pero que han marcado una etapa, dejando un recuerdo que permanece en la memoria de muchos de los que hoy tenemos unos cuantos años vividos.
Trabajos humildes, de corazón y habilidades que supieron resolver necesidades y fueron parte de una comunidad, como el trabajo de un querido vecino que todo el pueblo conoce; “nuestro” zapatero Julián.
El campo, la infancia y sus primeros trabajos
Julián Huentecoy, humilde y sencillo; “el patrón” como muchos lo conocen, nos abre las puertas de su casa en Gaiman y con un asadito chirrieando en el fondo, se comienza a escribir esta historia.
Nació en José de San Martín, el 15 de mayo de 1957, y sus primeros años de vida transcurrieron en el campo junto a su mamá María Silcoyache, papá Antonio Huentecoy y diez hermanos.
El paraje El Molle, fue testigo de su infancia, de juegos pero mucho mas de sus primeros trabajos en los que ayudaba a su padre, cuidando ovejas, buscando los caballos entre otras actividades rurales.
En ese momento llega a su memoria, cuando acompañaba a su abuelo Domingo a la esquila y dice: “yo tendría 8 años cuando por primera vez salía a trabajar, a esa edad ya me ganaba el peso”.
Y fue durante una esquila en Pocitos de Quichaura donde Julián tuvo la tarea de juntar, barrer los restos de lana. Trabajo donde ganó para comprar su primera bombacha de campo y 10 kilos de harina para su mamá.
Hasta que a los once años su abuelo Domingo vendió el campo y decidieron mudarse a Gaiman, porque su padre ya conocía y, además, había familiares radicados hacía tiempo.
Mudanza inesperada y nuevas oportunidades
Cuando la familia Huentecoy se radicó en el Barrio El Túnel de Gaiman, las únicas viviendas que había eran de la familia Linares, Lucero y Domínguez.
A pesar de no haber iniciado su escolaridad, el padre de Julián ya le había enseñado a leer, sumar y restar, por eso al llegar al pueblo inició la primaria en la Escuela Nº 34 (actualmente Escuela Provincial Nº 100). Recuerda con mucho cariño algunas de sus maestras, Clarice Griffiths, Esther Fernández, pero su maestra preferida era Albita Hughes.
A los 14 años continuó en la escuela para adultos y también trabajaba con su padre en las chacras porque Julián le dice a El Valle Online: “yo siempre, estaba haciendo algo”. Además, en esa época, se necesitaba gente para sacar papas, cebollas, sacar yuyos, engavilla, enfarda, hacer ristras de ajo.
Pero al llegar a la adolescencia el ya adolescente quiso su independencia y por eso comenzó a trabajar en el quiosco de BobySánchez vendiendo revistas, diarios y cartones de lotería. Recuerda la propaladora que ponía música y propagandas que sonaba desde las 11 de la mañana y hasta finalizar el día.
Durante los fines de semana cuando había partidos de fútbol en las canchas de Gaiman Fútbol Club, Argentinos del Sur o carreras en el Hípico Sargento Cabral, recorría los lugares con un cajoncito improvisado, vendiendo caramelos o naranjas sueltas.
Fue así que su personalidad inquieta, el trabajo inestable en el quiosco y la búsqueda de nuevos caminos lo introdujo en el oficio que aún sigue manteniendo y con el que pudo obtener todo lo que hoy tiene.
Julián cuenta que un día, mientras estaba en el negocio de don Sánchez, llegó a comprar el señor Esquenazi, dueño de La Feria Franca, y le propuso como idea <trabajar como zapatero> en el taller de compostura de calzado que había incluido en su negocio.
El protagonista de esta historia, sin dudarlo, comenzó a trabajar en el oficio. Pero en su casa nunca sobró nada, por eso siempre se las arregló para componer los zapatos no solo de su familia sino de gente que le llevaba su calzado.

La elegancia de las mujeres en esa época, luciendo zapatos cerrados, con tacos, botas, sandalias y la variedad de calzado masculino, requería más de una vez de los arreglos de un zapatero.
En el comercio de Esquenazi, el joven aprendiz llegado del campo, fue conociendo el mundo de este oficio y perfeccionándose. Recuerda a un grupo de seis personas, entre ellas el zapatero oficial de nombre Higinio Cárdenas, un muchacho llegado de El Maitén que había concurrido a una escuela donde se enseñaba el oficio y que sabía hasta cómo fabricar el calzado.
Y como en todo trabajo siempre hay una anécdota que contar, Julian también tiene la suya y dice: “coraje es lo que me sobra y un día me tocó quedarme solo, llega una señora muy pituca y me deja una cartera nueva de cuero para un arreglo, cuando voy a coserla se me enreda en la máquina, y tuve que pegarla con mucho cuidado; en ese momento me acordé lo que me había dicho el zapatero de tener mucho cuidado con la máquina”.
Logros económicos y la familia
Luego de seis años, el taller fue comprado por el señor Gamarra, y denominado “Zapatería La Media Suela”. Allí Julián trabajo por más de diez años hasta que en 1993 le compró todas las máquinas y el material a su dueño, e instaló su propio taller de compostura.
Fue así como transcurrieron sus años de adolescencia y a los 21 años, conoció a quien sería su compañera de vida, Isabel Sifuente.
Su casamiento fue el 4 de mayo de 1979 por el Juez de Paz Dewi Hughes; unos días antes que Julián cumpliera 22 años. Completaron su familia con el nacimiento de Sandra Noemí, Néstor Fabián y María Alejandra.
Julián nunca dejó de trabajar y hasta la vivienda que ocupa con su familia actualmente, desde 1985, fue construida por él, llevándole cinco años hasta poder terminarla. “Todas las familias que estaban en el barrio levantaron sus casas” recordó el zapatero señalando también a los Herrera, Quinchel, Aranea, Curapán, Rufino, Cheuquepal, Hernández, Millaguala, y la vecina Francisca.

Le cuenta a El Valle Online que “no” tenía feriados, “a veces me quería tomar un día, pero tenía que ocupar a alguien, no podía faltar. Tenía si un señor que vivía en barrio El túnel y le pagaba el día para que viniera a trabajar por mí”.
Hoy, a pesar de haberse jubilado haciendo aportes como monotributista, Julián sigue trabajando en su Taller de Calzado “Fabi”. Un oficio que realiza hace 55 años, rodeado de máquinas que tienen más de 5 décadas y los pósters de su equipo de fútbol preferido. “Toda la vida trabaje en este oficio” afirma con orgullo.

























