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El relato de una autora alemana que se “desamoró” de los galeses de Patagonia

La reconocida escritora alemana Imogen Herrad soñó durante años con conocer la comunidad galesa de la Patagonia. Cuando finalmente llegó, encontró un rincón de Gales en el sur de Argentina: casas de té, coros, hablantes de galés y orgullo por el legado de los colonos del siglo XIX.
Sin embargo, al indagar más profundo, descubrió una historia mucho más compleja: la de los pueblos originarios tehuelche y mapuche, y se preguntó si la presencia galesa en la región ha sido tan positiva como suele contarse.
En esta nota publicada por Wales Online la escritora alemana comparte su viaje, su deslumbramiento inicial y el desamor posterior que le provocó confrontar esa otra cara de la historia patagónica.
Artículo traducido al español
Imogen Herrad soñaba con visitar la Patagonia, pero aunque amó el lugar, lo que encontró también la llevó a cuestionar si la influencia de los galeses allí ha sido del todo positiva para los pueblos originarios.
Imogen Herrad, autora de Beyond the Pampas, partió en busca de los descendientes de la colonia de colonos galeses del siglo XIX en la Patagonia y descubrió que allí todavía existen comunidades que hablan galés, orgullosas de su herencia. Aquí comparte cómo también descubrió un país y una forma de vida enormemente diferentes de su experiencia europea.
Seguramente saben que existe un asentamiento galés en la Patagonia: casas de té, coros, hablantes de galés y un montón de Jones, todo a un paso de una vasta colonia de pingüinos de Magallanes. ¿Alguna vez han estado? ¿Les gustaría ir? Déjenme llevarlos hasta allí, hasta el extremo sur del mundo.
Soy un poco un pez fuera del agua: una alemana que se fue a vivir a Gales (y a Londres), se enamoró perdidamente de todo lo galés e incluso aprendió el idioma, el Cymraeg.
Fue la tierra lo que me atrapó primero: las montañas del norte y las colinas y acantilados escarpados del centro de Gales. Desde la primera vez que los vi, cuando era una estudiante alemana viajando por Gran Bretaña hace casi 40 años, supe que quería volver.
Tuve la oportunidad de pasar un año en Aberystwyth como asistente de idiomas extranjeros en 1989; pero antes pasé dos meses en Lampeter, donde entonces se dictaba el curso Ulpan, para aprender galés. Me dolía la cabeza; pero de alguna manera, la extraña gramática galesa (¿las mutaciones de consonantes iniciales, alguien?) ejercía una extraña fascinación.
En Aber vivía en una casa compartida solo de hablantes de galés. Y fue allí, una noche, que una de mis compañeras de piso pronunció las fatídicas palabras: “Bydd ‘na rhywun yn siarad am Batagonia yn y coleg heno.” (Esta noche habrá alguien en el colegio dando una charla sobre la Patagonia.)
Estaba muy emocionada. Yo no tenía idea de qué era la Patagonia. “Es un lugar. En Argentina”, me explicó. “Sudamérica. Hay galeses viviendo allí.”
Esa noche estaba ocupada con otra cosa, así que no fui a la charla, pero a partir de entonces los galeses de Argentina se quedaron en mi mente. Fue esa noche en Aberystwyth cuando empecé a soñar con ir a la Patagonia para ver cómo era.
Avancemos una docena de años. Vivía en Londres, ganándome la vida a duras penas como traductora freelance, a veces periodista, investigadora de mercado; escribiendo relatos temprano por la mañana antes del trabajo y viendo algunos publicados. Seguía soñando con la Patagonia.
“¿Por qué no ir ahora?”, susurró una voz en mi cabeza. Propuse un programa de radio sobre la comunidad galesa en Argentina a una emisora pública de Alemania. Para mi sorpresa, dijeron que sí.
Y entonces, por fin, me encontré bajo el sol caliente y el aire fresco y seco en el polvoriento aeródromo de Trelew, estirando el cuello para ver más allá de la cerca, para echar mi primer vistazo real a la árida estepa marrón patagónica.
El principal asentamiento galés en la Patagonia oriental es Gaiman, famoso en toda Argentina por sus exóticas casas de té.
En aquella primera visita me deslumbró lo galés de todo: no solo las casas de té, sino los coros, las historias recordadas de antepasados de Llanuwchllyn y Mountain Ash, las conexiones que varios de los galeses patagónicos todavía mantenían con familiares en Gales.
En ese entonces hablaba apenas una palabra de español, pero descubrí que era posible arreglárselas casi exclusivamente con mi oxidado galés.
La Patagonia (por la que me refería a los asentamientos galeses) era exactamente como la había soñado: un pequeño enclave galés en la lejana Argentina, un Gales en miniatura en el exótico extremo sur del mundo. Y eso habría sido todo.
Pero el lugar me había atrapado. Después de volver a Londres, empecé a preguntarme por el resto de la Patagonia.
Tomé clases de español. Quería volver. Una inesperada devolución de impuestos me permitió hacerlo; y también quedarme un tiempo, conocer el lugar desde adentro, hacer contactos, conocer gente.
Compré libros de historia local, profundicé en el pasado del asentamiento galés. Encontré relatos emocionantes de idealismo, de soñadores que anhelaban autonomía, que querían capillas, escuelas y leyes galesas para un pueblo que —en el siglo XIX— se veía obligado a hablar inglés y abandonar una lengua que Londres consideraba atrasada y bárbara.
En esos relatos sobre la vida temprana del asentamiento, encontré menciones de otras personas: los indígenas tehuelche y mapuche, que habían vivido en esta tierra mucho, mucho antes de la llegada de los galeses.
Los habían recibido hospitalariamente, habían intercambiado carne por pan galés, les habían enseñado a cazar el guanaco (la pequeña llama patagónica); algunos incluso enviaron a sus hijos a la escuela galesa.
Los descendientes de los colonos con los que hablé subrayaban lo orgullosos que estaban de la amistad que se había desarrollado entre sus antepasados galeses y los indios.
Pero a los pueblos originarios solo se los mencionaba en pasado. Su historia, a diferencia de la de los colonos galeses, parecía no continuar hasta el presente. Me tomó un tiempo empezar a preguntarme por qué.
Encontré una historia brutal. Una vez que los galeses mostraron lo fértil que podía ser el suelo patagónico, el gobierno de Argentina decidió que la árida estepa del extremo sur valía la pena.
A finales del siglo XIX, envió un ejército improvisado hacia el sur en la llamada Conquista del Desierto, con el objetivo expreso de abrir el territorio fronterizo para el asentamiento eliminando a los pueblos originarios que ya vivían allí de manera tan inconveniente.
Muchos de los hombres fueron asesinados; las mujeres y las niñas fueron repartidas como premios entre los soldados o entregadas como sirvientas a familias de la alta sociedad de Buenos Aires.
Unos pocos cientos de sobrevivientes fueron concentrados en reservas, como en América del Norte, en bolsones de la tierra más pobre, en lugares que los blancos no querían.
Encontré a sus descendientes, que cuidan su historia y su cultura lo mejor que pueden, que esperan transmitir su identidad —y la poca tierra que aún poseen— a sus hijos.
Recibieron mis preguntas entusiastas con una cautela comprensible, resultado de décadas de persecución, pero finalmente decidieron que era inofensiva.
En sus casas —y, finalmente, en un asentamiento en la cima de una colina, en las estribaciones de los Andes— encontré otra comunidad y otra bienvenida.
Me desenamoré un poco de los galeses patagónicos cuando me di cuenta de que a la mayoría no les importa realmente esa parte de la historia, y especialmente las vidas indígenas en el presente.
Una activista mapuche en la Patagonia me dijo: “Siempre hablan de la gran amistad entre los indios y los primeros colonos galeses, pero ¿cómo es que hoy no es una comunidad mixta? ¿Cómo es que los galeses viven en las partes más hermosas del valle, y nuestra gente en los barrios más pobres de la periferia de la ciudad?”
La Patagonia me regaló nuevos amigos y aventuras, horizontes tan infinitos como el cielo, relatos de descubrimiento y nueva esperanza, de pérdida y desesperación, de resistencia, dignidad y supervivencia.

























