Gaiman
“Entre el río y las piedras”: la historia que se convirtió en una canción a Gaiman

Un viaje que comenzó como una visita familiar, terminó convirtiéndose en “Entre el río y las piedras”. Una canción de vida, afectos y sueños cumplidos que inició hace casi cuatro décadas y hoy Gustavo le dedica a Gaiman.
Gustavo Domínguez nació y se crió en Buenos Aires hace 55 años, pero una parte importante de su identidad y de su corazón quedó definitivamente en la Patagonia. En 1988, cuando tenía apenas 17 años, viajó por primera vez a Gaiman para visitar a sus tíos Alicia y Jesús Lezcano. Aquel viaje, que en principio parecía una visita familiar más, se transformó en el inicio de una conexión profunda y duradera con el pueblo galés del Valle inferior del Río Chubut.

Desde aquel primer contacto, Gaiman dejó de ser un destino turístico para convertirse en una necesidad emocional. Con el paso de los años, sus visitas se multiplicaron. En 1997 su madre y sus hermanos se radicaron definitivamente en el pueblo, lo que consolidó aún más sus lazos. Gustavo comenzó a viajar regularmente, a veces dos o tres veces al año, sintiendo que cada regreso era un reencuentro con su lugar en el mundo.
En Gaiman construyó una extensa red de afectos. Amigos como Walter Brunt (hoy cuñado y padre de dos hijos), Juliana, Copito, Diego, Marimé, Daniela, Mariana, Mirka, Juancito, Verito, Lorena, Romina, Noelia, Pamela, Noel, Fiorella, Florencia, Spin, Jessi y muchos otros se volvieron parte fundamental de su historia. Las noches de risas, las charlas que se extendían hasta la madrugada y los momentos compartidos con su hermano “Chipi” forman parte de los recuerdos más valiosos que guarda.

Además de los lazos humanos, Gaiman le permitió desarrollar sus pasiones. Como buzo, encontró en las aguas de Puerto Madryn un espacio de conexión con el mar patagónico. Como fotógrafo, capturó paisajes, luces y emociones que hoy integran su archivo personal más preciado.
Hasta que en 2025, Gustavo decidió concretar un sueño que llevaba guardado desde hacía décadas: formar una banda y componer sus propias canciones. Apoyado en herramientas de inteligencia artificial (IA) para la producción musical, nació su proyecto solista Don Gusty.
El primer fruto de su nueva etapa creativa es la canción “Entre el río y las piedras” (escuchar), un tema profundamente emotivo e inspirado en Gaiman. La letra condensa todo lo que el pueblo representa para él: pertenencia, afectos, recuerdos y la sensación de haber encontrado un lugar en el mundo. Sin esperar gran repercusión, Gustavo compartió la canción con su familia. Sin embargo, el tema comenzó a circular por sus propios medios.
La sorpresa llegó cuando el secretario de Cultura de Gaiman, escuchó la canción y decidió incluirla en la peña musical por el aniversario del pueblo. Escuchar “Entre el río y las piedras” sonar en vivo, en el corazón mismo de Gaiman, fue un momento profundamente simbólico y emocionante para Gustavo. Aquella noche, el porteño que había llegado como visitante décadas atrás vio cómo su creación artística regresaba al lugar que la inspiró, interpretada ante la comunidad que tanto significa para él.

“Gaiman no es solo un punto en el mapa. Es donde están mis afectos, mis historias y mis pasiones. Es el lugar donde una parte de mí decidió quedarse para siempre”, expresó Domínguez.
Hoy, con 55 años, Gustavo combina su vida en Buenos Aires con un vínculo inquebrantable con la Patagonia. A través de Don Gusty, transforma esa conexión en música, demostrando que los lazos más auténticos trascienden la distancia y el tiempo. Su historia es un ejemplo de cómo un lugar puede elegirse mutuamente y cómo el arte puede ser el puente más hermoso para expresar ese sentimiento de pertenencia.
La letra de “Entre el río y las piedras”
Llegué buscando un poco de silencio,
y el viento del sur me abrazó sin hablar.
Gaiman me abrió las puertas del tiempo,
entre capillas viejas y olor a pan.
Mi vieja me esperaba en la esquina,
la casa baja, el té listo, el mate va.
Risas que cruzan mesas compartidas,
y amigos que uno nunca deja de extrañar.
Y ahí entendí que hay amores que no gritan,
que se esconden en un valle sin final.
Donde el río murmura en voz bajita
y la luna se refleja en el canal.
Me quedé enredado en esa calma,
entre el río y las piedras de Gaiman.
Caminé hasta el viejo Bryn Gwyn,
las huellas fosilizadas bajo el sol.
Un niño me saludó en galés,
y su risa me llevó al corazón.
No hace falta nacer en una tierra
para que un pedazo te empiece a nombrar,
yo dejé la ciudad con mil ideas
y volví con un suspiro y mucho más.
Y ahí entendí que hay verdades que no cambian,
que el amor también se esconde en lo rural.
Donde el tiempo va despacio entre cerezos
y los besos se dan sin apurar.
Me quedé enredado en esa calma,
entre el río y las piedras de Gaiman.

























