Sociales
Omar Soto: “Miro las nubes grises y me acuerdo de Malvinas”

Omar Soto nació en la ciudad de Trelew y, durante su niñez, vivió en la zona rural de Treorky. Su padre, Javier Soto Mercado, trabajaba en el horno de ladrillos de Patterson, mientras que su madre, Victoria Milipil, era ama de casa. Luego la familia se mudó a Gaiman, a una casa en Gaiman Nuevo, donde, a pesar de enfrentar diversas y complejas situaciones, como una inundación, decidieron quedarse. Con el tiempo, su padre emprendió la construcción de una mejora en la casa para él y sus cuatro hermanos: Gustavo Rodolfo, César Fabián, Raquel Yolanda y Norma Ester.
Durante su infancia, Omar asistió a la Escuela Nacional nº 34 (actualmente Escuela Bartolomé Mitre nº 100). Recuerda que durante sus años en primaria era un habitual bajo el reloj, donde la directora Alcira Bonavía, lo reprendía frecuentemente. Pero dejó de estudiar en 6º grado debido a la falta de interés. Su padre le advirtió que debía elegir entre estudiar o trabajar, lo que lo llevó a decidirse por el trabajo. Comenzó como ayudante de albañil, ganando su propio dinero, aunque a veces escaso. Omar reflexionaba: “el dinero es libertad”.
Servicio Militar y las Islas Malvinas
Tras pasar por la revisión médica, fue llamado por el Distrito Militar de Trelew. Como su número era alto, fue destinado a Comodoro Rivadavia donde empezó su servicio militar el 1 de febrero de 1982. En abril, llegó a las Islas Malvinas con escasa instrucción. En ese entonces el joven de 17 años consideraba que “era un deber como ciudadano servir a la patria”, y aunque no era una decisión personal, se sintió obligado a cumplir.

Una vez en el Regimiento 8, lleno de inocencia y ansiedad por descubrir, Omar se sintió emocionado al principio, aunque el miedo siempre lo acompañaba. Durante su tiempo en las Islas Malvinas, enfrentó condiciones climáticas extremas y diversas dificultades, incluyendo la escasez de alimentos. Recuerda que, en una ocasión, recorrió cinco kilómetros para conseguir fideos, azúcar y un trozo de queso, enfrentando varios riesgos. La necesidad de afecto y la añoranza por su hogar lo acompañaron constantemente, llevándolo a cuestionar sus decisiones pasadas.
Llegado el mes de junio, regresó a Puerto Madryn y luego a la Base Naval, donde recibió un desayuno antes de ser llevado a Comodoro Rivadavia, donde permaneció un mes más hasta que fue dado de baja en agosto del mismo año.
Reflexiones y Conciencia
Omar siente un vacío en su memoria respecto a las fechas exactas de su servicio en el conflicto, pero comparte con los jóvenes la importancia de la educación y la profesionalización para evitar que las nuevas generaciones pasen por experiencias similares a las suyas. Además critica la idea de que “un joven deba asumir el papel de un hombre en situaciones de conflicto”. Hoy en día, es consciente de lo que significa empuñar un arma y matar a otro ser humano, algo que no entendía en su juventud.

Para él, el 2 de abril “es un día triste”, un recordatorio de “una parte de la historia que muchos no comprenden”. Resalta la necesidad de preparar a los jóvenes y de ofrecer contención profesional a quienes regresan de conflictos, algo que él considera vital y que, en su experiencia, se descuidó gravemente. “Lamentablemente durante ese tiempo muchos se suicidaron o se dedicaron al alcohol u otras adicciones” señaló.
A pesar de las dificultades, hoy Omar ha logrado salir adelante. Aunque los recuerdos de la guerra a menudo le causan dolor, también le sirven como recordatorio de lo que ha superado. “Me levanto en la mañana y miro las nubes grises en el cielo y me acuerdo”, dice, reconociendo que, gracias a Dios, ha podido seguir adelante con su vida.
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