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La ilusión de saber con inteligencia artificial

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La ilusión de saber con inteligencia artificial ya no es una sensación. Es un fenómeno medido.

Nunca fue tan fácil obtener respuestas.
Nunca fue tan fácil confundir respuestas con conocimiento.

Hoy una persona puede resolver un problema, redactar un texto o explicar un concepto en segundos usando inteligencia artificial. Pero eso no significa que haya entendido.

Y ese es uno de los riesgos más silenciosos de esta época.

Durante años, aprender implicaba atravesar un proceso: leer, dudar, equivocarse, volver a intentar, ordenar ideas, construir una lógica propia. Ahora, en cambio, muchas veces alcanza con escribir una consigna y esperar una respuesta pulida, rápida y convincente.

El resultado puede parecer excelente. Pero una cosa es resolver, y otra muy distinta es comprender.

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Un estudio reciente de investigadores vinculados a Wharton analizó justamente ese punto. Los estudiantes que usaron inteligencia artificial obtuvieron mejores resultados en la práctica inicial. Sin embargo, cuando se les quitó la herramienta y tuvieron que rendir por sí mismos sobre los mismos temas, su desempeño cayó por debajo del grupo que había trabajado sin asistencia. La conclusión es incómoda, pero importante: la IA puede mejorar el rendimiento inmediato, aunque no necesariamente fortalezca el aprendizaje real.

Dicho de otro modo: puede ayudarnos a llegar a la respuesta sin obligarnos a recorrer el camino.

En psicología existe un concepto que ayuda a entender este fenómeno: la ilusión de profundidad explicativa. Describe algo muy humano. Creemos entender cómo funciona algo hasta que tenemos que explicarlo paso a paso. Recién ahí aparecen los vacíos.

Con la inteligencia artificial, ese efecto se potencia. Como la respuesta llega bien redactada, con tono seguro y estructura clara, el cerebro confunde la calidad de la explicación con la profundidad de la propia comprensión. No sentimos que estamos mirando una ayuda externa. Sentimos que ya incorporamos el conocimiento.

Y muchas veces no es así.

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La IA funciona, en ese sentido, como un espejismo. Nos hace creer que ya cruzamos el desierto del aprendizaje cuando en realidad apenas estamos viendo una imagen nítida en la pantalla.

Esto no es solo un problema escolar. Tampoco se limita a estudiantes que entregan tareas sin entenderlas. El riesgo aparece en todos los niveles: en profesionales que confían demasiado en una respuesta automática, en empleados que dependen del sistema para decidir, en personas que repiten explicaciones convincentes sin haber desarrollado criterio propio.

Uno de los casos más conocidos ocurrió en el ámbito judicial de Estados Unidos. Un abogado utilizó ChatGPT para buscar antecedentes legales y presentó en una causa varios fallos inexistentes que la herramienta había inventado. El texto parecía correcto. Las referencias sonaban plausibles. El problema era que nada de eso era real. La sanción no vino por mala fe, sino por algo más inquietante: la confianza excesiva en una respuesta coherente.

Ese episodio mostró con crudeza que la inteligencia artificial no solo puede equivocarse. También puede hacer que una persona baje la guardia.

Ahí aparece la verdadera amenaza: no la máquina que falla, sino el ser humano que deja de verificar porque cree que ya entendió.

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Por eso, el problema de fondo no es técnico. Es cognitivo.

La discusión más importante no pasa por si la IA escribe bien, resume rápido o resuelve tareas complejas. La pregunta más seria es otra: qué pasa con nuestra forma de pensar cuando empezamos a delegar no solo el trabajo, sino también el esfuerzo mental.

Porque una cosa es usar IA para pensar mejor. Otra muy distinta es usarla para evitar pensar.

Y esa diferencia empieza a definir una nueva brecha. Ya no se trata solamente de quién tiene acceso a la información. Se trata de quién conserva la capacidad de analizar, comparar, dudar, relacionar y formular preguntas propias. En un escenario saturado de respuestas automáticas, el valor ya no está solo en producir contenido o resolver consignas. Está en tener criterio para distinguir lo sólido de lo superficial.

De hecho, otro riesgo creciente es la trampa de la respuesta única. Cuando una persona consulta a la IA y recibe una solución rápida, muchas veces deja de explorar alternativas. Antes había búsqueda, comparación, tanteo, ensayo. Ahora puede haber una sola respuesta temprana que clausura el proceso. Eso empobrece algo esencial: la capacidad de imaginar más de un camino posible.

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Y si se debilita esa capacidad, también se debilita el pensamiento.

Por eso el desafío educativo, profesional y social de esta etapa no consiste en prohibir la inteligencia artificial ni en idealizarla. Consiste en aprender a usarla sin entregar la autonomía intelectual.

No alcanza con enseñar contenidos. Hay que enseñar criterio.
No alcanza con pedir resultados. Hay que revisar procesos.
No alcanza con saber pedirle cosas a una máquina. Hay que sostener la capacidad de pensar sin ella.

Usar inteligencia artificial sin desarrollar comprensión propia es como volar en piloto automático sin saber pilotear. Todo parece funcionar mientras el sistema responde. Pero cuando falla, alucina o da una instrucción incorrecta, queda expuesta la fragilidad de quien nunca aprendió a navegar por sí mismo.

En aulas, oficinas y organismos públicos, la inteligencia artificial ya está presente. La pregunta ya no es si se usa o no. La pregunta es otra: quién está pensando realmente detrás de esas respuestas.

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La IA puede ser una herramienta extraordinaria. Puede ordenar, asistir, acelerar, ampliar posibilidades. Pero no puede reemplazar el trabajo interno que exige aprender de verdad.

Y ahí está el punto central.

La inteligencia artificial no reemplaza el conocimiento. Pero puede producir algo más peligroso: la sensación de que ya sabemos.

Y eso, a veces, es peor que no saber.

Porque quien no sabe todavía puede aprender.
Pero quien cree que ya entendió, muchas veces deja de intentarlo.

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