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Gaiman

Emotivo relato de la hija de un veterano: “Malvinas vive en ellos. Y también en nosotros“

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Laura Soledad Ceballos es hija de Carlos, un veterano de Malvinas que fue a la guerra con 18 años. Sus primeros recuerdos están marcados por el miedo: su papá escapando ante ruidos de disparos de películas y escondiéndose de un supuesto francotirador que había en la loma. Para la joven de Gaiman la guerra no terminó en 1982.

Relato textual de Laura Ceballos

“Nací el 28 de diciembre de 1986, y mi nombre ya traía una historia antes de que yo pudiera contar la mía. Laura me puso mi mamá (Delia Ibarra), por una maestra a la que quiso mucho. Soledad llegó después, casi como un reemplazo obligado. Mis papás querían llamarme Laura Malvinas, pero no los dejaron. —Era muy pronto todavía—, dijeron. Entonces mi papá (Carlos Ceballos), con una mezcla de bronca y tristeza, eligió Soledad. Siempre le pareció injusto: si las islas son Malvinas y Soledad, ¿por qué una sí y la otra no?

Mi papá tenía 18 años cuando fue a la guerra. Un chico. Como tantos otros. Se incorporó al servicio militar en Comodoro Rivadavia y terminó en las islas, en una guerra que lo marcó para siempre. Y a nosotros también.

Mis primeros recuerdos no tienen que ver con relatos heroicos ni con actos escolares. Tienen que ver con el miedo, aunque en ese momento no supiera ponerle ese nombre. No podíamos ver películas con disparos porque papá saltaba del sillón, se tapaba los oídos y se escondía. Nosotros, chiquitos, solo atinábamos a abrazarlo sin entender.

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A veces entraba corriendo a casa, desesperado, y nos hacía cerrar todo: ventanas, postigos. Nos decía que había un francotirador en la loma, que nos quería matar. Vivíamos entre dos lomas, y para nosotros eso era real. Nos metíamos debajo de la cama o de la mesa, en silencio, creyendo que alguien nos estaba apuntando desde afuera.

Con los años entendí que ese enemigo no estaba en la loma, sino en su memoria.

Durante mucho tiempo, Malvinas fue un tema prohibido. Papá no hablaba. Le dolía. Estaba bloqueado. Mamá, como podía, trataba de sostener todo: la casa, a nosotros y a él. Hubo momentos difíciles, situaciones que de chicos no comprendíamos, pero que después empezamos a nombrar: angustia, miedo, heridas invisibles.

Crecimos con preguntas. Sabíamos que había pasado frío, hambre, miedo. Pero no sabíamos todo. Nadie nos lo contaba completo.

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Hasta que un día, en la escuela, todo cambió.

Nos habían dado un trabajo sobre Malvinas. Había que entrevistar a alguien. Un compañero dijo, sin saber, que los que habían ido a la guerra estaban locos. Me levanté y le pegué. “Mi papá no está loco”, le dije. Fue la primera vez que defendí su historia con la fuerza que tenía a esa edad.

A partir de ahí, la escuela supo. Hablaron con mis padres. Y papá hizo algo enorme: fue a dar una charla. Se paró frente a un aula y contó, como pudo, lo que había vivido. Para que supieran que no era un loco, que no era un extraño. Que era una persona más, un papá, un vecino, alguien que caminaba por la misma calle que todos.

Ese fue, creo, un punto de quiebre.

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Empezó a acercarse más a otros veteranos, a hablar, a compartir. Y nosotros empezamos a conocer su historia de verdad. Escuchamos relatos duros, que dolían hasta las lágrimas. Y también anécdotas que, en medio de todo, lograban sacarnos una sonrisa.

Aprendimos que incluso en la guerra hay momentos humanos.

Desde entonces, Malvinas dejó de ser solo una fecha. Se volvió parte de nuestra vida cotidiana: los actos, los encuentros, los abrazos entre veteranos, las historias compartidas. Todo eso nos fue formando.

Porque Malvinas no terminó en 1982.

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Sigue en cada recuerdo, en cada silencio, en cada herida que todavía duele. Sigue en los cuerpos y en la mente de quienes volvieron; en los que no pudieron volver a vivir en paz; en los que ya no están.

Como hija, no siempre es fácil: escuchar, contener, entender. Pero siempre estuvimos. Siempre vamos a estar.

Porque la memoria no es solo recordar. Es acompañar.

Y porque la llama de Malvinas no se apaga. Vive en ellos. Y también en nosotros”.

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