Aniversarios
Juana Hoenleitner está festejando los 100 años

Juana Hoenleitner, nacida el 22 de febrero de 1926, celebró recientemente sus 100 años de vida, marcando un siglo de una existencia llena de resiliencia, trabajo arduo y adaptación a los desafíos de la Patagonia.
Hija de inmigrantes alemanes que llegaron al país tras la Primera Guerra Mundial, su historia refleja el espíritu pionero de muchas familias que se asentaron en regiones remotas de Chubut y Santa Cruz.
Sus padres, María Hoenleitner una contadora de origen muniqués que no pudo ejercer su profesión, y Gustavo Moldenhauer de Hamburgo, se conocieron en circunstancias peculiares.
María llegó primero y trabajó como cocinera en una estancia; luego se trasladó a Los Caracoles, en Santa Cruz, donde se casó con Otto Duncler, con quien tuvo un hijo.
Tras enviudar, conoció a Gustavo, quien trabajaba en la misma estancia. Juntos emigraron a una colonia alemana en Paraguay, pero el clima extremo y una grave enfermedad —fiebre amarilla— los obligaron a separarse temporalmente en busca de recuperación en zonas frías.
Gustavo se instaló en Río Pico, Chubut, mientras María se trasladó a Buenos Aires, donde nació su hijo Gustavo.
Tras intercambiar cartas, Gustavo convenció a María de reunirse con él en Comodoro Rivadavia. En pleno invierno de mayo, con nieve intensa, ella viajó en sulky con lona de carpa durante un mes hasta llegar a la Estancia Valle Huemules, en la cordillera chubutense. Allí nacieron Juana y sus hermanas.
Pero la infancia de Juana transcurrió en esa chacra familiar, donde sus padres cultivaban trigo, avena, cebada y verduras, ordeñaban vacas y producían manteca y café casero. La carne provenía de un vecino alemán. La familia era autosuficiente, y de niña aprendió habilidades prácticas como manejar a los 12 años un camión cargado de lana. También tenía pasión por el acordeón, un instrumento que aprendió a tocar de oído a los nueve.
Con el tiempo, sus padres se separaron. Juana quedó inicialmente con su madre, pero luego se mudó con una hermana a Lago Blanco. Allí conoció a su primer esposo y se trasladó a la Estancia Guenguel, cerca de Río Mayo, donde vivió con sus suegros en condiciones extremas —hasta 23°C bajo cero en pleno día—. Realizaba labores tanto masculinas como femeninas, demostrando versatilidad y fortaleza.
Posteriormente, la pareja se instaló en Sarmiento por seis o siete años. Luego llegaron a Gaiman, donde vivieron en una chacra perteneciente a Néstor Minoli. Juana se destacó repartiendo verduras en Trelew, aprovechando su experiencia al volante desde pequeña. Tras la enfermedad y fallecimiento de su esposo, quedó viuda con ocho hijos a cargo.
Años más tarde, un sobrino le vendió un Gordini para continuar con el reparto de verduras hacia Dolavon. Luego adquirió un Renault 4L en Gaiman —económico, aunque requirió reparaciones como el piso de los pedales, que su hijo arregló—. Con ese vehículo transportaba hasta 70 atados de verdura; en una ocasión, para llevar diez bolsas de cebolla, pidió prestada una camioneta y contó con la ayuda de Mónica (hija de Juan), quien actuó como chofer.
Luego continuó su camino junto a Juan Carlos Crespo, nacido en Río Negro y que había llegado a Gaiman en 1975. Ambos estando viudos, y luego de vidas marcadas por sacrificios y adversidades, se apoyaron mutuamente y hoy son el orgullo demás de 30 nietos, 24 bisnietos y dos tataranietos.



















