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28 de Julio

La Casa Amarilla cumple 92 años y una tercera generación que renueva el legado en 28 de Julio

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Hoy celebra más de nueve décadas de historia un lugar que se convirtió en mucho más que un comercio. Casa Amarilla, el tradicional almacén de ramos generales que durante una época también funcionó como centro de acopio de garbanzos y estafeta postal, es uno de los grandes emblemas de 28 de Julio.

El Valle Online visitó el lugar donde la tercera generación de los Herrero mantiene viva la esencia, con la misma cordialidad y dedicación que caracterizaron a sus abuelos y a sus padres, pero con la intención de convertir nuevamente al histórico lugar en un punto de encuentro para vecinos, viajeros y turistas.

El paso de generaciones

La historia de Casa Amarilla está profundamente ligada a la vida de un pueblo. A lo largo de los años, sus paredes fueron testigo del paso de generaciones, de cosechas, encuentros, conversaciones, compras de almacén, cartas esperadas y cientos de historias que todavía permanecen en la memoria de quienes alguna vez atravesaron sus puertas.

Miguel Herrero y Elida Caruso.

Para viajar hasta sus orígenes hay que remontarse al 16 de septiembre de 1934, cuando los comerciantes de Trelew, Albariño y Zucchi decidieron expandirse hacia el Valle e inauguraron Casa Amarilla.

La apertura no pasó inadvertida. Los vecinos del pueblo fueron invitados a compartir un gran asado popular que marcó el comienzo de una historia que, más de 90 años después, continúa escribiéndose.

En aquellos primeros tiempos, el comercio abastecía a los pobladores con todo tipo de mercaderías propias de un almacén de ramos generales. Pero también supo aprovechar una de las actividades productivas de aquella época: la cosecha de garbanzos en el Valle Inferior, convirtiéndose durante un período en centro de acopio.

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Durante la década de 1940, el comercio fue adquirido por el señor Cheffi, quien posteriormente se lo alquiló a su amigo Gwilyn Schulze, abastecedor de carne en Trelew.

Con el paso de los años, Schulze decidió dejar la actividad. Sin embargo, antes de hacerlo, tuvo un papel decisivo para que la historia de Casa Amarilla continuara: alentó a una familia de pobladores de la zona a hacerse cargo del negocio.

Así fue como la familia Herrero, aun sin experiencia previa en el rubro, se animó a asumir el desafío.

El legado de la familia Herrero

En 1953, Miguel Herrero y su esposa, Elida Caruso, abuelos de Natalia Herrero, comenzaron a atender Casa Amarilla. Con esfuerzo y dedicación, años más tarde lograron comprar definitivamente el comercio a Cheffi.

Durante aproximadamente tres décadas estuvieron al frente del negocio y también de la estafeta postal, dejando una de esas pequeñas piezas que hoy ayudan a reconstruir la historia: la vieja valija que utilizaba don Miguel para transportar las cartas que luego eran repartidas entre los vecinos.

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Miguel Herrero (hijo) y Estela.

En 1982, tras el fallecimiento de Elida, Miguel se trasladó a Trelew junto a su hija Mirta. Entonces, uno de sus hijos, César, y su esposa, Luisa Ester Jones, conocida como Estela, nacida en 28 de Julio, quedaron al frente del tradicional comercio.

Con el acuerdo de sus hermanos, César y Estela adquirieron definitivamente el lugar. Mantuvieron el nombre de Casa Amarilla, continuaron con la actividad comercial y la estafeta postal y, además, incorporaron dos surtidores para la venta de combustible.

Fueron años de trabajo incansable. Años en los que César y Estela no solo atendieron un comercio: fueron parte de la vida cotidiana de una comunidad y protagonistas de innumerables historias y anécdotas que todavía hoy son recordadas con nostalgia y cariño.

Una infancia entre cajones, harina y leña

Natalia, hija única de César y Estela, creció literalmente dentro de Casa Amarilla. Allí transcurrieron buena parte de su infancia y adolescencia, rodeada de clientes, mercadería, familiares y vecinos.

Los recuerdos son muchos, pero hay uno que todavía la hace sonreír: una vez rompió una bolsa de cinco kilos de harina que estaba en el depósito y terminó jugando y tirándose encima de toda la harina.

Los grandes cajones del comercio también tenían otra función. Se transformaban en improvisados corralitos donde sus padres intentaban mantener a salvo a la inquieta Natalia mientras trabajaban.

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De su papá recuerda especialmente su tranquilidad y su carácter más bien callado. De aquellos años también guarda imágenes de una vida cotidiana muy diferente a la actual.

“Solía cortar leña con mi papá, porque en esa época no había gas. Mamá lavaba la ropa los lunes y ese día se almorzaba puchero”, recuerda Natalia.

Son recuerdos sencillos, pero capaces de retratar una época y, al mismo tiempo, contar cómo un comercio podía convertirse en hogar, lugar de trabajo y punto de encuentro para toda una comunidad.

La tercera generación toma la posta

Hoy, ya adulta, Natalia decidió tomar la posta y continuar con el legado familiar.

La tercera generación de los Herrero mantiene viva la esencia de Casa Amarilla, con la misma cordialidad y dedicación que caracterizaron a sus abuelos y a sus padres, pero incorporando una nueva propuesta pensada también para quienes llegan desde otros lugares.

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Además del tradicional espacio gastronómico, la nueva etapa contempla parrilla, restaurante, hostel y camping con parrillas y fogón, con la intención de convertir nuevamente al histórico lugar en un punto de encuentro para vecinos, viajeros y turistas.

Mientras prepara esta nueva etapa, Natalia vuelve inevitablemente a sus recuerdos. Y entre los objetos que sobrevivieron al paso del tiempo aparecen también las historias: las de los turistas, camioneros, chacareros, vecinos y tantas otras personas que alguna vez hicieron una parada en Casa Amarilla.

Porque el legado no está solamente en los viejos surtidores, en los muebles, en la estafeta postal o en los objetos que todavía permanecen allí.

Está también en las conversaciones, en las cartas, en los asados, en las compras de todos los días, en las anécdotas y en la memoria de varias generaciones.

Amarilla por dentro y por fuera, Casa Amarilla sigue siendo mucho más que un antiguo comercio. Es parte de la identidad de 28 de Julio. Y después de más de nueve décadas, mientras una nueva generación toma la posta, aquella historia que comenzó en 1934 todavía tiene muchas páginas por escribir.

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