Columnista
La batalla silenciosa de la inteligencia artificial es por tu atención

Durante siglos, influir sobre millones de personas requería líderes, propaganda o grandes medios de comunicación. La inteligencia artificial no cambió ese objetivo: cambió la velocidad, la escala y la precisión con la que puede conseguirlo.
El zorro que conocía el manual
En 1943, Walt Disney produjo un corto llamado Chicken Little. Un zorro astuto, Foxy Loxy, quiere comerse a todas las aves de un corral protegido.
Pero, en lugar de atacar el portón, abre un libro de psicología y lo consulta como si fuera un manual de instrucciones.
El libro le dice algo simple: para influir sobre una multitud, hay que empezar por el más vulnerable.
El zorro elige a Chicken Little, deja caer un pedazo de madera azul sobre su cabeza y le susurra que el cielo se está cayendo.
El miedo hace el resto.
Las aves dejan de confiar en su líder, abandonan el corral y terminan encerradas en la cueva del zorro.
Al final del corto, Foxy Loxy mira a cámara y lanza una frase memorable:
“No creas en cuentos, compadre.”
En realidad, el corto era propaganda antinazi. Sin embargo, lo interesante no es la Segunda Guerra Mundial.
Lo interesante es que Disney describió hace más de ochenta años un mecanismo que todavía funciona.
Solo cambió la herramienta.
Un manual de 2.500 años
Pero la idea tampoco nació con Disney.
Cinco siglos antes de Cristo, los sofistas enseñaban el arte de persuadir. Para ellos, dominar un debate podía ser más importante que alcanzar la verdad.
Con el paso del tiempo, otros pensadores estudiaron cómo los relatos, los símbolos y las emociones podían influir sobre grandes grupos humanos.
En 1895, Gustave Le Bon explicó cómo funcionan las multitudes: las emociones colectivas pueden imponerse sobre el razonamiento individual.
Más tarde, en 1928, Edward Bernays convirtió esas ideas en una disciplina moderna: la ingeniería del consentimiento.
Durante 2.500 años el mecanismo fue prácticamente el mismo.
Cambiaron los nombres.
Después cambiaron las tecnologías.
Finalmente cambiaron los medios.
Lo único que cambió de verdad es que el manual dejó de leerse. Ahora se entrena.
El propagandista fue reemplazado por un algoritmo. La lógica sigue siendo la misma; cambió la capacidad de personalizarla para cada persona.
Mirá tu celular
La pantalla se enciende.
Abrís Instagram.
Después empezás a scrollear.
No comprás nada.
Al final, ni siquiera recordás la mitad de lo que viste.
Cerrás la aplicación pensando que perdiste el tiempo.
No.
Te lo sacaron.
Tu atención se convirtió en un producto.
Ese es el verdadero negocio detrás de las plataformas digitales.
Porque vos no sos el cliente.
Sos el inventario.
El cliente es el anunciante.
Hoy, Meta, TikTok y otras plataformas construyeron modelos de negocio basados en captar la atención de millones de personas y transformarla en valor publicitario.
En realidad, la publicidad es la forma de cobrar.
Pero el recurso que hace posible ese negocio es otro:
el tiempo que las personas permanecen conectadas.
Con el tiempo, la economía digital descubrió una regla simple: aquello que es escaso adquiere valor.
Durante años se creyó que el recurso más importante era la información.
Internet demostró lo contrario.
Información sobra.
Lo verdaderamente escaso es nuestra capacidad de prestar atención.
El algoritmo aprendió el manual
Hoy las plataformas ya no necesitan adivinar qué puede interesarte.
Lo saben.
Miden cuánto tardás en deslizar el dedo.
Qué videos volvés a mirar.
Qué publicaciones ignorás.
Qué temas te hacen comentar.
Qué cosas generan una reacción emocional.
Cada gesto alimenta un perfil que se actualiza constantemente.
Después hacen algo simple:
te muestran más de aquello que ya demostró funcionar con vos.
Los algoritmos no necesitan entenderte como lo haría una persona.
Necesitan predecir qué estímulo tiene más probabilidades de mantenerte dentro de la plataforma.
En 2021, los llamados Facebook Papers, filtrados por Frances Haugen, revelaron discusiones internas de Meta sobre el impacto de sus plataformas y los efectos que ciertos mecanismos podían tener sobre los usuarios.
La cuestión central no era que existiera un error en el sistema.
Era que el sistema estaba optimizado para un objetivo concreto:
lograr más interacción.
Y en un mercado donde todas las plataformas compiten por el mismo recurso, gana la que consigue que no cierres la aplicación.
No importa si lo logra mediante sorpresa, indignación, miedo o entretenimiento.
Lo importante es que sigas mirando.
La inteligencia artificial aceleró el juego
En realidad, la inteligencia artificial no inventó este mecanismo.
Lo volvió exponencial.
Las plataformas ya utilizaban aprendizaje automático mucho antes del boom de la IA generativa.
Lo que cambió fue la capacidad de procesar millones de señales en tiempo real y adaptar el contenido para cada usuario.
Ya no existe un único Instagram.
Ni un único TikTok.
Cada persona recibe una versión distinta.
Por eso, dos usuarios pueden abrir la misma aplicación al mismo tiempo y ver realidades completamente diferentes.
La hipersegmentación dejó de consistir en mostrarte lo que te gusta.
Ahora puede fabricar aquello que tiene más probabilidades de atraparte.
Occidente cobra. China regala.
Mientras las empresas occidentales construyen modelos basados en suscripciones y licencias, varias compañías chinas eligieron otro camino.
Abrir el acceso.
Reducir el precio.
Liberar modelos.
No significa que trabajen gratis.
Significa que su prioridad inmediata parece ser otra:
ganar usuarios antes que ganancias.
La batalla sigue siendo la misma.
Capturar atención.
Solo cambió la estrategia.
¿Y qué tiene que ver esto con Chubut?
El zorro ya no necesita el libro
Foxy Loxy necesitaba un manual de psicología para manipular al corral.
Los algoritmos ya no.
Aprenden solos.
Además, se corrigen solos.
Y con cada interacción mejoran un poco más.
La próxima vez que abras una aplicación “gratuita”, acordate de Chicken Little.
Puede que el cielo no se esté cayendo.
Puede que alguien simplemente haya descubierto que esa era la mejor forma de hacer que siguieras mirando.
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