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Tato Nai hoy cumple 90 años y comparte su historia

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Rosa Luján Nai, alias Tato, cumple 90 años. Nació en la calle Italia de Trelew, se casó con Ernesto Szlápelis, impulsó junto a sus hijas una conocida casa de tortas, le encanta el chocolate y todavía hoy cose mientras cuenta su vida con “lujo de detalle”.

Rosa Luján Nai, a quien todos conocen como Tato, cumple hoy 10 de agosto 90 años. Y lo hace con una claridad que a veces la sorprende a ella misma. “Yo me acuerdo de cosas de antes con lujo de detalle”, dice, y cuenta que el otro día, de casualidad, escuchó en Telefe a un médico explicar exactamente eso: “que a las personas mayores les pasa que recuerdan toda su vida, pero a veces se quedan pensando ¿qué fui a buscar?”.

A la protagonista de esta historia nunca le gustó el nombre Rosa. Prefiere que le digan simplemente Tato. “Mi papá tenía la única hermana mujer, que era muy compinche, se murió, y entonces un tío mío le puso Rosa a mi prima, y a mí me pusieron Rosa Luján, por la Virgen de Luján. Y a mí Rosa no me gusta”, reconoce con sinceridad.

Los abuelos Nai llegaron a la Argentina y su padre, Alejandro Pablo, nació en Camarones, un pequeño pueblo costero de Chubut. Tuvieron siete hijos: seis varones y una mujer. Tiempo después se mudaron a una casa de la calle Italia, en Trelew. Allí nació ella y sus hermanos Pety y Quito. La atendió Doña María, la partera famosa que iba de casa en casa. “Nosotros los tres nacimos ahí, y también mis primos”.

Tato, Pety y Quito

Casi no conoció a sus abuelos paternos, porque fallecieron cuando ella era muy chica. “Enriqueta, mi tía que vivió toda la vida con nosotros y tenía ocho años cuando yo nací, se acordaba que mi abuelo se ponía trajes, un sobretodo y salía al centro. Era alto y muy elegante”.

El abuelo materno, Bonicato, también vino de Italia. Tenía 18 años. Según le contaron, el barco iba con destino a Uruguay y por una tormenta terminó detenido en Camarones. Allí se quedó trabajando de herrero y nació su madre, Catalina Dionisia.

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Ella y su hermana Pety iban a la escuela de Las Monjas, mientras que su hermano Quito a Los Curas. Su padre, Alejandro Pablo Nai, no quería que sus hijas trabajaran. “Viajábamos mucho a Buenos Aires y al campo cerca de Telsen. Pero no nos gustaba el campo. Íbamos porque mi papá llevaba a la familia a todos lados, todos juntos”.

En 1954, el día que cumplía 18 años, su vida cambió. Estaba en la casa de la tía Dora en Comodoro Rivadavia. Con Ernesto Szlápelis, quien luego se convertiría en su marido, ya habían cruzado miradas unos días antes, cuando el joven de 23 años estaba poniéndole crema con la manga a la torta para la fiesta de casamiento del tío Carlos y Berta Iris. Ese 10 de agosto, Ernesto apareció con una pulsera de regalo. “Mi papá estaba tras la puerta”, recordó Tato entre risas. Empezaron a verse. Se escribían cartas porque no había teléfono. Dos años después se casaron por iglesia.

Tato y Ernesto

Pero antes, había que confesarse. “Bueno, yo fui al confesonario. No sé, yo no tenía pecados. Y estaba el Padre Juan, era un viejito, y lo tenía a Ernesto así: ‘bla bla bla’. Yo decía: ‘miércoles, qué pecado tiene este que no lo largaba’. Bueno, fue la única vez que fuimos solos, porque cuando salíamos, Enriqueta y Pety siempre estaban con nosotros…”.

La luna de miel fue en Bernal, un barrio del sur del Gran Buenos Aires, donde había una casa que el padre de Tato había comprado cuando era soltero. El viaje incluyó un espectáculo en la calle Corrientes. “Estaba un cantante, Pedrito Rico se llamaba, era de España. Primero fuimos a tomar un café y después al teatro”, recuerda.

Tato y Ernesto

Ernesto trabajó en Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), en el campamento El Chulengo, cerca de Sarmiento, en pleno auge petrolero de la Patagonia. “Ya teníamos a Graciela. Los domingos Ernesto venía, estábamos juntos, y el lunes lo venían a buscar. Después el administrador, sinvergüenza, en vez de mandarlo a Comodoro Rivadavia lo mandó a Piedra Clavada. Yo estaba embarazada de Silvia, entonces renunció y nos vinimos a Trelew”.

Vivieron en la casa de los padres de ella y, años después, nació la tercera hija, Alejandra. Ernesto trabajaba de noche en la telefónica. “A las siete de la mañana salía, dormía un rato y después a trabajar”. También era electricista. Más adelante trabajó en Obras Sanitarias y finalmente en el mantenimiento de la Clínica 28 de Julio, de los doctores Abdala.

Graciela (izq), Tato, Alejandra y Silvia (Der.).

Cuando Tato enviudó, ya vivía en la nueva casa de la calle Brasil. Vendió el auto, porque no manejaba ni le interesaba, y con ese dinero amplió su hogar. El garaje quedó convertido en un salón.

Así fue que, a los 60 años e impulsada por su hija Graciela, abrieron una regalería. “Era Navidad. Empezamos con cositas. Estaba lleno de todo”. Silvia y Graciela compraban la mercadería en Buenos Aires. Después alquilaron un local en el centro de Trelew, al lado de una zapatillería. Se llamaba Celofán y funcionó durante 20 años. Más tarde, ella, y sus tres hijas abrieron la casa de tortas Endulzarte. “Siempre me gustó cocinar. Con mi hermana, como mi papá no quería que las chicas trabajaran, un día cocinaba yo y otro día ella. Hacíamos tortas. A la noche cocinaba Enriqueta”.

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Hoy Tato tiene una familia grande y siempre hay visitas. Sus nietos son Daniela, Alejandro, Jimena, Facundo, Ernestina y Julieta, y sus bisnietas Iara, Camila, Emilia, Luciana y Catalina. Y hasta tiene una tataranieta, Alison.

Aún, la protagonista de esta historia, invita a comer sus exquisitas milanesas que, luego de fritas, las pasa por agua hirviendo. Le encanta el chocolate, suele ir a comprar los pepinos para su tortugo y mira la televisión: “noticieros, cocina, los chismes… Gran Hermano no, es una porquería”, dice. Y sigue dedicándose a lo que siempre le gustó: coser y bordar. “Como estoy sola, no voy a estar mirando el techo. Si necesitás algo, me encanta coser, te lo hago”.

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