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Gaiman

La infancia, el amor y las anécdotas de Margretta Evans

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Los recuerdos de infancia, de su casa natal “Maes Cymro” y el viaje al pueblo donde conoció el amor de su vida es parte de una maravillosa historia que a través de El Valle Online hoy compartimos para saludar por sus 97 años a Margretta Evans.

Nacida en Bryn Gwyn, en una chacra cercana a la actual Escuela N° 61, conserva aún una fotografía de su casa natal “Maes Cymro”.

Su madre Alice Jane Pierce nacida en Gales, llegó a los 19 años de edad a la Argentina junto a su madre Mary y su padre William Pierce. Mientras que su padre Madryn Evans, nació en la Patagonia. El recibió su nombre porque la abuela de Margareta, Elizabeth Davies (de profesión partera), estaba embarazada cuando viajó a Gales y al volver, debido a epidemias quedo varada en el Puerto de Madryn, lugar donde nació su hijo.


La menor de tres hermanos, William Seldwin, Elizabeth y Harold; Margretta  nos cuenta que su nombre en realidad era galés, pero se convirtió en Margareta cuando fue inscripta en el Juzgado de Paz.

Recuerdos de infancia

Margretta recuerda esos maravillosos años en la escuela, que en ese tiempo era la número 12 y que estaba en una chacra en Bryn Gwyn.

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Luego terminó el último año de primaria en la nueva escuela; la misma que fuera construida a fuerza de sacrificio y por iniciativa de un grupo de vecinos que armó una comisión, en la que se encontraba su padre, Madryn Evans, Otto Schischke que era albañil, Oscar Jhonson, y el maestro Cáceres entre otros.

Margretta, nos cuenta que el terreno para la construcción de ese edificio, fue donado por uno de sus tíos que se fue a estudiar a Gales y nunca volvió.

En esa época, había maestros que buscaban pensión en las chacras para no faltar, porque a veces cuando llovía no se podía circular por los caminos, inclusive su familia albergaba algunos de ellos.

Aquellos años de escuela, fueron compartidos por Carwyn Griffiths, Mailor Lewis, Meiriona Lewis, Walian Nic, y  especialmente por su compañera Eri James porque siempre se sentaban juntas. Y particularmente recuerda a una de sus maestras Nangibe Abdala.

“Íbamos a la escuela a caballo, mis dos hermanos y yo en una yegüita que se llamaba <Bonita>, y me acuerdo que un día se cruzó una vaca y nos caímos los tres, nunca más me subí y desde ese día fui caminando (ríe)”.

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Además como la gran mayoría de las familias del valle, fueron protagonistas de esos viajes en tren a Playa Unión. Margretta dice que “era más divertido el viaje en tren que estar en la playa”.

Luego recuerda que las capillas de Bryn Gwyn y de la Angostura se organizaban para pasar el día y cada familia llevaba la canasta con la comida, “y nos quedábamos en un salón que era de la cooperativa”.

Ordeñando vacas

Sobre la mesita del living, guardadas celosamente en portarretratos, se plasman los recuerdos de su niñez y adolescencia en más de una decena de fotos. Pero hay una en particular que es la preferida de Margretta; una pequeña fotografía en blanco y negro que retrata su felicidad a la hora de realizar una tarea muy habitual en aquellos años en las chacras, como la de ordeñar las vacas que tenía su familia. Sonriente nos dice: “yo ordeñaba, y mamá hacía la manteca casera”.

Además, “teníamos el horno de barro en el patio, mamá hacia el fuego y ponía la mano adentro para calcular la temperatura y el momento justo para poner los panes. Entonces nosotros corríamos llevando los moldes con la masa con una servilleta debajo para dejarlos en el horno” recuerda.

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A pesar de no ser una familia numerosa Margretta nos cuenta que en la navidad se juntaban las familias de su mamá y su papá para pasar el día juntos, y después iban al culto en la capilla.

Como pícara anécdota, recuerda una oportunidad que sus padres vinieron al pueblo a comprar los regalitos que traería Santa Claus. Los dejaron escondidos en la camioneta, pero uno de sus hermanos los encontró. ¿Esos días se habría perdido para todos la magia de Santa?

Desde muy pequeña participó fervientemente de las actividades y cultos de la Capilla Seion hasta su juventud y luego en la Capilla Bethel.

Dice: “era tan linda la escuela dominical, hablábamos galés y siempre habían conciertos en la capilla. Una vez me convencieron de cantar sola, yo no tenía mucho oído musical y estaba

tan nerviosa que el público me ayudó a terminar cantando la canción”.

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También recuerda que iba en coche caballo con la familia a comprar al pueblo: “me acuerdo que en la Compañía Mercantil había en la vereda argollas fijas y ahí se ataban los caballos”.

A pesar de su poca edad, quedaron grabados en su memoria, los grandes mostradores de madera con tapas, que al levantarlas ofrecían azúcar, entre otros productos que eran servidos con grandes cucharones en bolsas.

La variedad de productos alcanzaba hasta la venta de losa importada, ropa y hasta telas que su mamá que era modista compraba. Al cerrarla le siguieron casa Lausen y luego la Anónima.

La adolescencia y el pueblo

Margretta cursó en la Escuela Intermedia (Ysgol Ganolraddo). “Muchos de los que cursamos fuimos becados. Teníamos aritmética, geografía, galés, y ahí también aprendimos inglés. Luego se cerró y con los años se creó una comisión, la Asociación Cultural Galesa del Camwy encabezada por la señora Luned Roberts, organizándose y abriendo nuevamente como Colegio Camwy” recordó.

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Si hablamos del destino, no hay mejor ejemplo que esta verdadera historia de amor y de cómo Margretta conoció a su compañero de vida, Alfredo Meza Leiz, con quien formó su familia.

Ella nos cuenta que Alfredo era correntino y con una sonrisa dice: “y muy buen mozo para mí”. Había llegado en el mes de octubre, se alojó en el Hotel Paris en Trelew, y un día fue de paseo a Gaiman y encontró en el paisaje verde a su Corrientes natal. Así fue como el viajante se instaló en la localidad, donde comenzó a trabajar como odontólogo, ocupando además del cargo de vicedirector en la Escuela Bartolomé n° 100 y jubilándose como docente.

Pero ¿cómo lo conoció Margretta? Ella nos cuenta que un día acompañó a su hermana al consultorio de este odontólogo que había llegado al pueblo y quedó impactada. Con una sonrisa dice: “ahí vino el flechazo”. Luego “él se hizo amigo de mis hermanos y nos visitaba en la chacra, se integró enseguida a la familia” añadió.

Con el tiempo ella se mudó al pueblo para formar su familia junto Alfredo, ambos tuvieron dos hijos, Blas y Meli.

Actualmente vive en la misma casa en la que se mudara en el año 1950, y además de disfrutar de la compañía de sus nietos y bisnietos, sale a caminar o pasear, lee y está traduciendo un libro en galés al castellano que le regaló una amiga.

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