Gaiman
Juan Siervo y los recuerdos en Villa Inés
Los fines de semana, el Valle Inferior tiene esa magia que nos invita a caminar y disfrutar de los hermosos paisajes que la naturaleza nos regala: sentir el olor a pasto húmedo en las chacras, fotografiar el manto amarillo que cubre a los álamos, respirar el aire puro y, ¿por qué no?, la actividad física que podemos desarrollar con una caminata o, los más entrenados, un trote a la vera de la ruta.
Mi pasión por la fotografía hace que todo el tiempo busque lugares diferentes. La caminata me llevó hasta la zona rural de Villa Inés para capturar la imagen de una antigua construcción que se puede ver desde la ruta. Actualmente está habitada por una familia, pero hace más de cincuenta años fue una de las escuelas primarias que tuvo el valle. El tiempo no ha pasado para esta construcción, que conserva aún los pisos de madera combados, producto de las inundaciones que debió soportar.
En silencio, me preguntaba: ¿cuántos alumnos habrán pasado por esas dos aulas? ¿Cuántos niños, hoy ya adultos, recordarán momentos y maestras de aquel entonces?

Mi curiosidad me llevó a acercarme a conversar con su actual dueño, quien, entre otras cosas, recordaba la visita del señor Barone, quien fue desde pequeño a esa escuela y le contó que la campana estaba donde hoy está el poste de luz. Me contó, además, que quedaban pocos adultos que de niños concurrieron a esa escuela, y uno de ellos era el señor Siervo.
Sin pensarlo, volví unas chacras atrás, ya que mi idea era poder entrevistarlo y preguntarle qué recuerdos tenía de la escuela. Y así surgió esta inesperada e interesante historia.
Juan Siervo
Juan cuenta: “Nací en esta misma casa el 7 de febrero de 1935. Mi padre, Patricio, vivía en un pueblo llamado Rauch, en la provincia de Buenos Aires. Llegó en un carro a la Patagonia en el año 1907, y como en esa época el gobierno daba lotes de campo, se quedó a vivir en Gobernador Costa, lugar donde se casó con mi madre, Bartola Villarreal.
En 1920 vinieron a vivir a Gaiman a una casa chica (actualmente sobre calle Brown). Allí nació una de mis hermanas, Carmen. Ceferina y Esther nacieron en Gobernador Costa, y el resto nacimos acá, en la zona de Villa Inés: Tita, Josefa, Elena, Irene, Inés, José, y yo, el último orejón del tarro (ríe).
Esta casa pasó por cinco inundaciones; en el año 1932, antes de que yo naciera, el agua tiró tres paredes. Cuando llegué a grande, recuerdo que mi padre decía: <Quedé con 9 hijos y tres paredes”. Fue el señor Schischke, un alemán, quien hizo nuevamente la construcción>”.
Recuerdos escolares en Villa Inés
“Mi maestra fue Lidia Roberts”, cuenta Juan emocionado, y dice: “Era como mi madre. Ella sola daba clases de primero a cuarto grado; antes estuvo la señorita Rosa, que le dio clases a mis hermanas. La señorita Lidia nos contaba que cuando el padre llegó de Gales, les había hecho un surco con los caballos y el arado desde la chacra en que vivían hasta la escuela para que no se perdieran ni ella ni su hermano”.
También recordó que “Cuando tocaba la campana, el que llegaba primero izaba la bandera. Algunos de los compañeros que recuerdo son Barone, Velasco, Vargas, Arrondo, y, por supuesto, las chicas Romano (una de ellas es su esposa)”.
La familia de su esposa, María Romano, vivía en la chacra vecina, por lo cual los dos se criaron prácticamente juntos, y Juan dice: “La mamá la traía con la hermana, y yo, ‘el hombre’, tenía ocho años y las llevaba a la escuela”.
Juventud en el valle y sus años como camionero
“Cuando era joven, papá nos prestaba un camioncito chiquito con el que íbamos a los bailes que se hacían en el Tiro Federal, en 28 de Julio. Velasco y Eduardo Brunt me esperaban en la esquina de sus chacras, y yo los pasaba a buscar; iba juntando compañeros (ríe). Mis amigos eran Cutrufello, Carlos Orive, que era como un hermano, Emeterio y Álvaro Velasco.
Trabajé como embalador de manzanas, actividad que me enseñó el señor Gisver; con eso junté dinero y le compré el camión a Alberto Thomas en el año 1956. Fui camionero durante 52 años. Viajaba a Comodoro Rivadavia a vender fruta o pasto que llevaba a los campos. Eran todos caminos de tierra; me acuerdo que demorábamos 12 horas para llegar.
Cuando me casé, hace 57 años, nos fuimos con mi señora a vivir a Gobernador Costa. Yo cuidaba el campo de papá, pero viajaba vendiendo verdura. Allí estuvimos durante tres años. Mi esposa era profesora de corte y confección y dactilógrafa, pero su marido, muy orgulloso, no la dejó trabajar nunca (ríe); tenía miedo de que me la roben, era muy bonita. Tenemos dos hijas: Marilú y Patricia.”
Pero Juan me cuenta que en esa localidad estuvieron un tiempo hasta que regresaron al valle y alquilaron una casa en la avenida Eugenio Tello, frente a la comisaría. Y dice: “Como mi padre estaba solo porque todos mis hermanos ya no estaban en la chacra, me ofreció ir a vivir con él, porque en la casa había varias habitaciones.
En la chacra hay manzanas deliciosas, amarillas, y las Gran Schmidt. Un año me presenté en la Muestra Agropecuaria y le gané al señor Ferrero, que sacaba premio todos los años, en cajón, en conjunto de manzanas, y en bandeja”.
Durante el año 1967, Juan y su familia se mudan a la ciudad de Trelew, donde aflora una nueva faceta: su gusto por la música. Aunque cuenta que el señor Dumer le enseñó a tocar la “verdulera”, dice: “Cuando nos fuimos a Trelew, me puse moderno; me compré un teclado y, con el tiempo, aprendí a tocar. Frente a casa estaba el comité peronista, y como a los que estaban ahí les gustaba escucharme, un día me invitaron al salón”.
Pero la tarde estaba llegando a su fin. Se escuchó ladrar al viejo border collie y compañero de Juan; señal que alguien se acercaba. Era un conocido vecino de Gaiman, Delfín Jara, que venía a visitar a Juan. Sin lugar a dudas, Juan tiene muchas más anécdotas de este querido pueblo que contar, igual que esos primeros años escolares en la entrañable Escuela de Villa Inés. Historias que quedarán para un próximo encuentro.






