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Gaiman

Los recuerdos de la infancia de Caryl Jones

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Imposible que para ella no flamee en su casa, el 28 de julio la bandera del Ddraig Goch, como imposible no emocionarse al escucharla hablar sobre su niñez. Eran otros tiempos, donde su imaginación, la de sus compañeros de escuela y vecinos afloraba a cada paso.

Bryn Gwyn, fue el escenario perfecto para horas de juegos y divertidas anécdotas que hoy atesora como parte de los momentos más felices de su vida.

Su padre, Gwylim Sarmiento Jones, su mamá Maggie Cooper. Los abuelos maternos, Richard Cooper y Mary Jane Williams (había llegado a bordo del Velero Vesta). Y los paternos, Catherine Davies y Walter Caradog Jones, colonizador en la localidad de Sarmiento. La menor de siete hermanos, Joseph Aider, Sulwyn Walter, Albert Eirlyn, Cecil Sarmiento, Irma, Eirwen May.

Recuerdos de la niñez

Caryl iba a la escuela a caballo y cuenta: “fue la época más feliz de mi vida. Salíamos una hora antes y nos íbamos juntando con los compañeros en el camino. Era charlatana como soy ahora (ríe), la maestra siempre me llamaba la atención por hablar en clase. Cuando llovía mucho en invierno, los maestros no podían ir a dar clases. Ni siquiera había ripio, los caminos eran de tierra. Un día que iba a la escuela, cuando unos amigos me invitaron a patinar en una laguna grande congelada, que tenían donde tomaban agua los animales. Hacia tanto frio que mamá me había puesto dos pares de medias y un gorro de lana. Cuando estábamos en la laguna, vimos a lo lejos como burbujas debajo del agua y cuando nos acercamos, el hielo se rompió y caímos al agua, yo pensaba en mis zapatos. Me sequé las medias en un fogón que tenían y volví a casa en el horario de salida de la escuela. No dije nada que, de la falta, pero unos días después cuando mi hermana fue a la clase de costura con la señora de Mirantes, se enteró que ese día había habido clases y ahí tuve que confesar que yo había faltado”.

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Los inviernos eran tan fríos que Caryl cuenta que si bien el río no se congelaba, venían planchas de hielo con nieve de la cordillera, en el tiempo que aún no se había construido el Dique Florentino Ameghino. Esas planchas se iban acumulando contra el puente y eso formaba una capa de hielo que más de un intrépido se animaba a cruzar.

“En invierno patinábamos en el canal que daba al fondo y en verano los cruzábamos colgados de sauces jugábamos en las parvas de pasto, éramos libres” recordó.

Como muchos alumnos, ella recuerda con mucho cariño a su maestra de sexto grado, Isabel Miguel. Hoy tienen un grupo de WhatsApp y cuando pueden todos se juntan a tomar el té. Caryl cuenta que su maestra, empezó a trabajar en la escuela con 18 años y recuerda emocionada que cuando cumplió los 19 una compañera del grado, le regaló un hermoso ramo de rosas del jardín de la mamá.

Las actividades, como en toda chacra eran variadas y ella y sus hermanos ayudaban en todo. Aunque su mamá se encargaba de la mayor parte del proceso para hacer la manteca, Caryl ayudaba en lo que podía y sabia.

“Mamá acumulaba manteca para el invierno en potes de barro, también se mantenía la carne en sótanos. Todo era natural, hasta la forma de alimentar los animales. Inclusive el pan era elaborado con el lúpulo casero. Mamá hacia masa en un fuentón grande, la dejaba toda la noche cerca de la cocina a leña, después la ponía en los moldes (moldes que mi abuela había traído en el Velero Vesta), los dejaba una hora más y después hacia fuego en el horno afuera y todos teníamos que ir corriendo a llevarlos a cocinar. Como mis hermanos eran mayores, eran los que primero habían aprendido hacer pan y los quehaceres del hogar” recordó.

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También se destaca la solidaridad entre los chacareros de aquellos momentos cuando ella dice, “se hacia intercambio entre vecinos, se ayudaba a emparvar y trillar y cuando las vacas no daban leche, el que tenía en cantidad la compartía” sostuvo Caryl.

Nostalgias del 28 de Julio

Caryl conserva cuidadosamente una pequeña foto en blanco y negro, pero con gran valor sentimental. A través de ella, nacen los recuerdos de un 28 de Julio muy frio. Un 28 de julio en el que su maestra de música Nanus May Evans de Jones, la reunió junto a las compañeras en el patio de su casa para ensayar por última vez antes de presentar la dramatización para esa fecha.

Ella recuerda el vestido rosa que llevaba puesto, con una puntilla que le había confeccionado su hermana.

Además del nombre de algunas de las personas que posaron ese día para la foto: Greta, Erna e Ila Schiske, Marlene Jones, Telma Thomas, Morwena Williams, Eilwen Jones, Eileen Thomas, Eirwen Jones (su hermana) y Carel Williams.

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Continuando la charla, se refirió a esa fecha tan especial no solo para ella, sino para todos los descendientes de aquellos colonos que llegaron a estas tierras, luego de atravesar el legendario viaje que todos conocemos a través de la historia.

Cuenta que de muy chica concurría a la capilla Bethel, donde sus padres eran fieles, y que allí en la escuelita dominical aprendió leer y escribir en galés.

También las fiestas navideñas, donde ponían un árbol y había regalitos que ganaban con un sorteo.

Cuando comenzó la escuela, Caryl quiso ir a la capilla Seion, porque allí iban todas sus compañeras, y a la señorita Elizabeth Ann de la escuela dominical. Recordó: “Para el 28 de julio se hacían juegos, no faltaba las carreras de embolsados y la del huevo en la cuchara, y los varones hacían el salto en garrocha o el juego de la herradura. Las mujeres también hacían carreras, y por supuesto que lo hacían con zapatos”. Pero con el tiempo se dejaron de hacer “porque a los jóvenes ya no les interesaba participar” sostuvo.

Mientras que Bryn Crwn, organizaba para ese día destrezas a caballo y en la localidad de 28 de julio se practicaba tiro al blanco.

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También nos cuenta que muchas veces se suspendían los festejos, debido a que era época de lluvia. Y que en los años 70 empezaron a vender entradas numeradas, por la gran cantidad de gente que concurría ese día a las capillas. “Se comenzaba temprano desde la mañana, cavando un pozo en el patio para poner unos ladrillos y un tambor para calentar el agua de un fuentón. Todo era controlado siempre por alguien que se contrataba solo para eso. Acá en Bryn Gwyn (capilla Seion), había un hombre que le decían Rancherita y era quien se encargaba de controlar que el agua este caliente. Las señoras que servían tenían que salir con una jarra enlozada para buscar el agua hirviendo que este señor mantenía. Con esa agua preparaban el té y llenaban los fuentones para lavar las tazas. También había siempre una señora experta en cortar el pan finito, en la capilla Seion lo hacia la señora Prydwen Thomas de Thomas, primero untaba la manteca y después lo cortaba. Todas las familias colaboraban con las capillas, donando todo para servir el té el pan casero y las tortas, no se compraba nada”.

Con los años algunas cosas han ido cambiando, pero no debemos negar que los galeses han sabido mantener su cultura y tradiciones, y lo que es más importante aún para ellos, asi como lo es para Caryl Jones, conservar la fe que perdura en sus corazones; esa misma fe que abrigó más de una vez, esas almas que un día decidieron embarcarse a bordo del velero Mimosa. 

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