Los primeros viajes a la cordillera (*)
Por Carlos Dante Ferrari
Los esforzados colonos que realizaron los primeros viajes desde la costa hasta la cordillera, para poblar o visitar la Colonia 16 de Octubre, merecen un justo homenaje. Actualmente hacemos ese trayecto en cinco o seis horas, pero en la época de las carretas tiradas por caballos, la travesía demandaba varias semanas.
En tales condiciones, encarar una travesía de 500 millas con los rudimentarios medios disponibles era casi una epopeya. No había caminos sino huellas pedregosas, y para transitarlas se debían salvar los más variados obstáculos naturales: lomadas, cañadas, zanjones, barreras rocosas, arroyos, ríos, cerros altos. Los jinetes podían hacerlo con mayor facilidad gracias a la destreza de sus caballos, pero los carros y vagonetas, además de su propio peso y el de sus pasajeros, debían cargar ajuares, herramientas, alimentos y equipajes, convirtiéndose en depósitos ambulantes que, tirados por mulas y caballos, trajinaban su lento rodar por la accidentada meseta. Muchas veces era necesario desarmar las ruedas para vadear los cursos de agua, y una de las maniobras más complicadas era el descenso en algunos barrancos empinados, donde en ocasiones se tornaba casi imposible mantener el control, aun con los animales atados atrás para ofrecer resistencia, mientras el carruaje se deslizaba raudamente hacia abajo por esas peñas.
Hay un valioso testimonio oral: es el relato de uno de los viajeros de esa época, Brychan Evans, quien lo narró en una grabación efectuada por Frederick Green en 1963, cuando el protagonista tenía ya 76 años. En ella, Brychan Evans relata las incidencias del viaje que realizó en 1894. La grabación está doblada e incluida entre las pistas de audio del CD incluido en el libro “Rocky Trip”, una excelente obra de Sergio Sepiurka y Jorge Miglioli. Cuenta Evans que la partida incluía a 32 personas entre hombres, mujeres y niños, y algunos de ellos hacían ese viaje por primera vez. Iban en cinco vagonetas y dos sulkies, uno de los cuales estaba al cuidado de su madre, la primera mujer que manejó un carro desde el valle del Chubut hasta los Andes. Llevaban 30 vacas, 35 yeguas, 3 perros y 1 lechoncito. En esa época —explica— salían del valle por la margen sud y cruzaban el valle a la altura de Alsina para cruzar la meseta por la “Travesía de Edwyn”. En Las Plumas cruzaban el río por segunda vez. El tercer cruce era a la altura de Cañadón Carbón y el último vado se hacía en Paso de Indios. Da gusto escuchar la narración de Brychan, las experiencias en la meseta con el viento, el frío y la escasez de agua. Su tono, por momentos, es decididamente poético.
En la obra “Hacia los Andes”, Eluned Morgan también prodiga imágenes líricas de su propia experiencia viajera. Refiere que después de abandonar el valle inferior era costumbre hacer una primera escala en el paraje llamado “Ffos Halen” (unos 80 km. al oeste de Rawson, pasando la zona hoy conocida como Bocatoma), donde las familias viajeras solían acampar antes de alejarse del río y afrontar el cruce a través de la estepa. Desde allí en adelante comenzaba una larga y penosa travesía, sobre todo por la escasez de agua. Los viajeros trataban de mitigar las penurias con pequeños placeres; durante el viaje se amasaba el pan, se preparaban comidas, cuando era posible se cazaba y se pescaba, y por las noches, antes de dormir, era habitual compartir momentos comunitarios en torno al fuego. Los domingos se celebraba la Escuela Dominical (Ysgol Sul) y, según Eluned, después les quedaba tiempo libre para cantar los himnos predilectos, en un ambiente muy festivo (“Hwyl”).
En el extenso recorrido hasta la cordillera, a lo largo de las semanas, seguían sucediendo los normales acontecimientos de la vida; pequeños o grandes accidentes, nacimientos, fallecimientos, extravíos, descubrimientos, encuentros. Todavía era posible cruzarse con tribus amigas, como le sucedió a Eluned Morgan y a su grupo cerca del Cerro “Edwyn” (así llamado porque Edwyn C. Roberts había ascendido hasta la cumbre, según explica John Coslett Thomas), donde hallaron un campamento indígena. Eluned conocía al hijo del cacique porque se había alojado en su casa meses antes, y el viejo jefe era, a al propio tiempo, amigo de su padre, Lewis Jones. Orgullosa, la hija reproduce la frase del cacique: “si eres hija de don Luis, eres entonces hermana nuestra, pues él es hermano de todos nosotros”.
Todo un anecdotario surge de los diversos testimonios de aquellos viajeros de entonces. En el cap XII (“Viaje al Interior”) de su autobiografía, John Coslett Thomas —un maestro de la escuela de Hendre que se entusiasmó con la “fiebre del oro”— refiere algunas de las peripecias de su excursión aurífera hacia el oeste en 1890 junto a otros aventureros: Edwyn C. Roberts, el capitán Richards, Humphrey P. Jones, John Nichols, Gwilym y George Williams. Llevaban un vagón con una mula en las varas y un caballo a cada lado, más dos caballos adelante. Cargaban alimentos para tres meses, implementos para buscar oro, una batea para escurrir arenas auríferas y una carpa para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Al descender una pendiente el vagón tomó velocidad y cuando llegó al pie de la cuesta, cayeron en un pantano que había frente a una curva cerrada, del que pronto lograron salir. Las maderas de las ruedas ofrecían otra dificultad, dado que al ir secándose se aflojaban, por lo que debían repararlas con frecuencia. En los ascensos era necesario aliviar la carga para que los animales pudieran tirar del pesado carruaje, y al vadear los cursos de agua los jinetes iban delante del vagón marcando el rumbo del cruce para evitar los pozones.
En su recorrido hasta la cordillera y durante el regreso, estos jóvenes experimentaron vivencias que hoy calificaríamos de románticas y épicas, interactuando con la naturaleza en territorios y paisajes prácticamente desconocidos. Da gusto leer la descripción de los lavados de arenas y el descubrimiento de pequeñas cantidades de oro, la sorpresa de ver los peces en las cristalinas aguas del río Sacamata mientras intentaban pescarlos con sus sedales, el placer de escuchar el canto de los saltos arroyeños o la alegría de hallar un nidal con huevos de avestruz que aliviaron su apetito por varios días y muchas otras anécdotas de viaje. Según Thomas, el saldo de la exploración fue aproximadamente una libra de mineral de oro y la pepita más grande tenía el tamaño de “una media libra esterlina o poco más”.
Otro viajero que narró sus experiencias fue William M. Hughes en su obra “A orillas del río Chubut”. El autor comenta que había comprado los derechos de un terreno en la cordillera y un día sintió deseos de conocer su propiedad. Partió del valle en diciembre de 1904 en compañía de su sobrino Evan Lloyd. Optaron por un carro liviano, tirado por tres caballos. El primer día viajaron desde Gaiman hasta la bocatoma del canal norte, a unos 30 km. hacia el oeste. Poco antes de llegar a la primera posta el carro se hundió en una zanja, como un anticipo precoz de las numerosas incidencias de la marcha. En la bocatoma los aguardaban, entre otros, John Murray Thomas, E. F. Hunt, W. H. Thomas, John M. James, A. Thomas y H. Hunt, Henry Pugh, J. W. Reade.
El diario del viaje es un inventario de sucesos tragicómicos. Aquí solo enumeramos algunos: caballos que se fugan o se niegan a tirar del carro en las subidas, tormentas de viento y tierra; calor, sed y moscas; un viajero que enferma de sarampión; el encuentro nocturno con una vaquillona perdida y muerta de sed en la travesía de Edwyn que quería arrebatarles el agua; almorzar con Jack Lewis, un galés solterón, pastor de ovejas, radicado en la zona de Las Plumas; tener que atar las ruedas de los carruajes con cadenas para la bajada de Rocky Trip. Fueron 23 días de viaje hasta llegar a la región cordillerana, donde —como todos los que lo precedieron— W.M. Hughes quedó extasiado ante la belleza del paisaje.
Es interesante el repertorio de topónimos que nacieron como fruto de aquellas primeras exploraciones. Algunos se conservan hasta hoy; otros se han perdido por diversas causas (reemplazo por nuevas denominaciones en la cartografía oficial, el desuso, los cambios en la traza de las rutas, etc.). Aquí mencionamos algunos: “Ffos Halen” (hoy “Cañadón Salado”) – “Campamento Villegas” – “Hirdaith Edwyn” (“Travesía de Edwin”) – “Rocky Trip” – “Bajada de Carro Roto” – “Cañadón Carbón” – “Media Luna” – “Picada de Crockett” – “Los Altares” – “Black Eye” – “Nant y Mynydd” (“Arroyo de la Montaña”) – “La Herrería” – “Bajo del Alboroto (o “la confusión”)” – “Loma de la Fuente” – “Bwlch y Gwynt” (“Paso del viento”) – “Bryn y Ffynon” (hoy “Pocitos de Quichaura”) – río Sacamata – río Tecka – “Cañadón Mojado” – “Arroyo Pescado” – “Cors Bagillt”– “Aber Rhygen” – “Montaña de Edwyn”.
Hasta aquí las crónicas de algunos viajeros. Sus palabras nos trasportan a un pasado épico, lleno de aventuras y descubrimientos, pero también de grandes esfuerzos y no pocas penurias. Fueron sus protagonistas hombres y mujeres comunes, casi anónimos, que sin saberlo, estaban construyendo una hermosa historia. Hay, desde luego, otros testimonios. Aquí nos hemos limitado a tomar estos tres a modo de muestra, porque en su conjunto brindan un panorama ilustrativo de lo que fueron esas primeras experiencias trashumantes.
Fueron peregrinos inaugurales, viajeros de otros tiempos. Tiempos en que las huellas se iban abriendo a medida que se avanzaba por comarcas desconocidas. Como en los memorables versos de Machado, ellos también “hicieron camino al andar”.
(*) Este artículo integró una serie de notas efectuadas por el autor para un ciclo radial emitido por LU20, Radio Chubut, entre febrero y julio de 2015, con motivo del Sesquicentenario de la llegada al Golfo Nuevo del primer contingente de inmigrantes galeses en el Chubut, en julio de 1865.





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