Columnista

¿Tu rol de líder muere?

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Cuando la autoridad ya no alcanza y el liderazgo exige renacer.

Hay un momento —silencioso, incómodo— en el que el rol de líder empieza a vaciarse. No se pierde el cargo. No se pierde el título. Se pierde algo más sutil: la eficacia simbólica de la autoridad.

La institución otorga el rol. El organigrama legitima la posición. La cúspide de la pirámide delega poder.

Pero el liderazgo real no se sostiene ahí.

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La autoridad formal existe mientras el equipo elige ser protegido y guiado por quien ocupa ese lugar. Y esa elección no es permanente ni automática. Se renueva —o se rompe— todos los días.

El liderazgo no es un acto unilateral. Es un interjuego constante entre tres fuerzas: el reporte, la negociación y la protección. El equipo reporta porque confía. Negocia porque es escuchado. Se deja guiar porque se siente cuidado. Cuando una de esas piezas se fisura, la autoridad empieza a resquebrajarse.

Y cuando el equipo pone en duda tu autoridad, no lo hace siempre con palabras. A veces lo hace con silencios. Con resistencia pasiva. Con micro-desobediencias. Con desalineación. Con cinismo.

Ahí el liderazgo empieza a volverse inoperante, aunque el cargo siga intacto.

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 El mito del estilo de liderazgo

Muchos líderes se aferran a un estilo que alguna vez funcionó. Fue eficaz, incluso brillante, en determinado contexto. Pero el liderazgo no es una identidad fija: es una función dinámica.

Lo que te trajo hasta acá puede no servir para lo que viene.

Los equipos cambian. Las personas cambian. Los negocios mutan. Las crisis reconfiguran prioridades. Un liderazgo rígido, aunque bien intencionado, se vuelve un obstáculo. No porque sea “malo”, sino porque dejó de leer la situación.

El liderazgo exige reinvención constante. Lectura fina del contexto. Comprensión del momento organizacional. Sensibilidad para interpretar lo que el equipo necesita hoy, no lo que necesitaba ayer.

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Autoliderarse para poder liderar

 Pero hay una condición previa, incómoda y no negociable: el autoconocimiento.

No se puede liderar un sistema sin antes gobernarse a uno mismo. El rol del líder implica aprender a correrse del centro, a dominar impulsos, deseos, emociones e intereses personales cuando entran en conflicto con aquello que se debe proteger.

Y lo que se protege, ante todo, no es el ego del líder. Es el equipo y el negocio.

Autoliderarse es poder observar sin reaccionar. Interpretar sin proyectar el propio sesgo. Decidir sin quedar atrapado en la necesidad de tener razón. Transformarse —cuando hace falta— en aquello que la situación demanda, aunque no sea lo más cómodo.

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A veces el liderazgo muere en su forma conocida. Y eso no es una tragedia: es una transición.

El líder que sobrevive a ese momento no es el que se aferra al poder, sino el que se anima a soltar la versión de sí mismo que ya no sirve. El que entiende que dirigir no es imponer, sino sostener. Que la autoridad no se exige: se construye y se renueva.

Dirigir un negocio, entonces, no es solo tomar decisiones estratégicas. Es un ejercicio profundo de consciencia. De observación. De humildad activa. Porque cuando el liderazgo deja de transformarse, empieza a desaparecer.

Y cuando se anima a morir a tiempo, puede volver a nacer con más fuerza, más sentido y más legitimidad.

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