El Guernica también es una ventana Por Sergio Pravaz
En el edificio de las Naciones Unidas cuelga un gran tapiz donado por Nelson Rockefeller que reproduce el cuadro más famoso de Pablo Picasso, es decir el Guernica. El 5 de febrero de 2003 fue cubierto con una cortina azul cuando Colin Powell daba allí sus conferencias de prensa argumentando sus falaces razones para pasarle el rastrillo al pueblo de Irak.
Sin lugar a dudas que lo que taparon fue una ventana; tal vez a fin de evitar que los medios de prensa vincularan el bombardeo de aquella ciudad española con los producidos en Bagdad.
¿Pero por qué una ventana? Porque a través de ella se puede mirar como el bumerang te viene directo a la frente (como en el caso de la ONU); pero también un recuerdo, un horizonte, una memoria, un dolor, tal vez lo inesperado, lo no querido, o una sonrisa, un cielo mejor o quizás, en todo caso, una esperanza demorada.
“…mirar el mundo entero, aunque sea de mentira…” decía la Juana, aquél entrañable personaje de la canción de María Elena Walsh, “… sólo pide mirar por la ventana ajena del televisor…”. Y vaya si la televisión es una ventana; allí se encuentran juntas y revueltas la mediocridad y la virtud, el espanto y la hermosura, el conocimiento y la ignorancia. Todo como en el Cambalache de Discépolo.
En realidad, si miramos con atención estamos rodeados de ventanas; por ejemplo: ir a Cangrejales y sentarse en la vieja cisterna de agua de la cooperativa para ver salir el sol es una ventana sensacional que puede estremecer al más duro de los duros; uno regresa distinto, encendido y más liviano. Leer el diario los domingos, lejos de la locura semanal, es otra que nos conecta con el mundo, la realidad ante nuestros ojos y en pijamas. ¿Qué era el balcón de Julieta sino el paso posterior luego de atravesar una ventana para que se desencadene el amor y la tragedia? ¿Acaso los ventiluces de las celdas no son ventanas que nos obligan a soñar con la libertad o el plan de fuga? ¿Qué sería de la serenata amorosa sin una mujer escuchando sobre una ventana? O también cabe preguntarnos ¿porque nos gusta mirar a través de ellas cuando llueve?
Los arquitectos alucinan con este espacio abierto en una pared; los persigue la luz que representa. Durante mucho tiempo el credo católico demostró su poder a través de la construcción de sus iglesias; las románicas se levantaban sólidas y macizas hasta que aparecieron las ventanas en las catedrales góticas; los constructores descubrieron en ellas la posibilidad de la redención por la luz, el aire y la estética; es decir, la belleza como fuente de inspiración.
Cuentan los que estuvieron y saben mirar, que algunas calles de España son algo así como un inmenso muestrario de colores, estallando entre macetas y ventanas que cuelgan y adormecen la ansiedad.
Por otra parte, me apuntaba mi amiga Claudia Iun el otro día, que Gustave Flaubert fue capaz de detenerse -hasta suspender por completo el tiempo- en los detalles más increíbles de las ventanas a fin de describirlas en su célebre Madame Bovary; de homenajearlas diría yo, con esa exactitud que sólo residía en su enorme talento. Fue uno de esos escritores cuya pluma parecía tener ojos y manos de alfarero.
En otro orden, el frontispicio de nuestra Legislatura hace tiempo que debería ser una ventana de incalculable valor pictórico; allí tendría que estar el mural Madre Patagonia cuyo autor es el artista plástico Miguel Ángel Guereña; nos invitaría a recorrer nuestra propia historia, desde los inicios hasta la primera urna del año 83, cuando el pueblo recuperó su posibilidad de decidir. Pero aquí estamos, nuevamente con el arte colgado de la percha porque no pasó nada; por segunda vez al tacho. ¿Será que nadie se le anima? ¿tanta representación histórica intimida a la clase política? ¿justamente en nuestra casa? es decir, la que temporalmente habitan nuestros representantes.
Finalmente, las ventanas, por más paños azules que les pongan, por más que les cubran los dientes, los pulmones o las costillas, no pueden dejar de hacer lo que siempre hacen, esto es, estimular nuestra imaginación al punto de no poder vivir sin ellas.





